Réquiem por los furanchos del norte

En ruta por los loureiros recorremos las bodegas de Betanzos y Paderne que siguen con la hoja de laurel


A CORUÑA

«Esto se está muriendo», dicen los pocos bodegueros del país que mantienen la tradición de los loureiros en tierras del Mandeo. Aquí no se cocina para los clientes y (se supone) que solo sirven el vino que sobra de su cosecha. El Concello de Betanzos pidió una normativa específica para ellos a la Xunta, pero ahí quedó la cosa.

Los furanchos del norte no son como los del sur. Para empezar, no se llaman furanchos, sino loureiros, aunque los de Pontevedra también utilicen una rama de laurel para identificarse. Pertrechados en su Invernalia de los Caballeros, los del Mandeo no sienten envidia por las abundancias de sus rivales sureños, casi siempre rodeados de coloridos jardines repartidos por las llanuras soleadas de Meaño y Meis. Y no los envidian porque los norteños se saben fuertes y de milenario linaje. Ellos ya ponían un laurel en el Puente Nuevo de Betanzos en el siglo XIV, por un privilegio del rey Alfonso XI de Castilla, «según el cual se obligaba a las bodegas de Betanzos a colocar una corona de laurel en la puerta», relata el ex director de la Estación de Viticultura y Enología de Leiro, Jose Luis Hernáez Mañas. El laurel, como símbolo de pureza del producto. Mientras hubiera vino de Betanzos, no podía entrar el de fuera. Y ese privilegio se convirtió en una costumbre que ha perdurado hasta hoy.

Más allá de la larga tradición histórica, la segunda gran diferencia con los furanchos del sur, es que, si quieres comer en un loureiro de las tierras del Mandeo, lo más recomendable es que te lleves tu propia comida, que es lo que hacen sus clientes habituales, porque en estos lugares te ofrecerán el vino de su cosecha y poco más. De hecho, cuando entró en vigor la normativa furancheira de la Xunta, en el año 2013, los políticos de la zona pidieron a San Caetano que se diferenciase entre furanchos y bodegas de vino del país. La demanda se basaba en que el decreto tenía que adaptarse a la realidad de las bodegas de As Mariñas; una realidad distinta a la del sur, más allá de compartir el estilo galponero, la uralita en el techo y los barriles de vino por doquier. Ahí quedó la solicitud.

 El sobrante de los 1.000 litros

En el interior de la comarca coruñesa, los loureiros mantienen el espíritu original de compartir con las cuatro pandillas de amigos el excedente de la cosecha de vino. «No me voy a beber yo solo los 1.000 litros que hago al año», comenta un viticultor de Paderne, propietario de una de estas «bodegas», que prefiere no salir citado con su nombre por si Hacienda lee alguna vez entre estas comillas. «Planté las cepas para mí y abro para vender ese excedente y punto. El vino que sobra de consumo nuestro, lo vendemos. Y lo hacemos en el comedor de mi casa, el mismo que preparamos para las fiestas. Aunque de comida no doy nada, tengo unas mesas y una lareira, donde los que vienen pueden hacer un churrasco, si quieren. Comidas aquí no podemos dar. Yo les dejo hacer. Solo vendemos el excedente del vino que sobra y nada más», insiste una y otra vez. Para el año que viene se plantea dejarlo o traspasarlo.

«Nadie nos echa una mano»

Abandonamos Paderne y llegamos a la Ciudad de los Caballeros, donde cuentan que antes había unas veinte bodegas de vinos del país, de las que ahora quedan solo unas cuatro o cinco activas. Vemos hojas de laurel colocadas en el Puente Nuevo, en la carretera del Mandeo y en la zona de la Condesa, donde está, -hasta Google Maps lo etiqueta así- el Furancho Cholas. Al frente, Mari Fernández: «Los furanchos hacen comida; nosotros, no. Nosotros ponemos el vino, las bebidas, el café y eso, pero comida no elaboramos». Se arranca la betanceira. «En las bodegas de Betanzos nunca se cocinó. En mi caso no hago nada. La bodega ya la tenía mi padre. Sobraba vino y se montó. Al final me enganchó, porque yo me lo paso muy bien en la bodega, a pesar de esto es algo que se está muriendo. Un fin de semana puedes tener una avalancha de gente, pero de manera puntual. Todas esas personas que venían antes con su bocadillo a comer o a cenar aquí ya no es. Ayer (un martes) tuve seis personas, cuando antes serían unas veinte. Y los fines de semana sí suele haber más gente, pero las pandillas están desapareciendo. Y eran muy habituales. La gente joven viene a celebrar los cumpleaños o porque les gusta el ambiente. Esto está yendo mucho para abajo y nadie nos echa una mano», se lamenta la dueña. Más optimista es la clientela. «Esto sigue siendo una tradición muy típica sobre todo con las reuniones grandes de amigos. De hecho, la expresión que usamos es «irse a los vinos del país», comenta Carmen, una joven betanceira.

«La tradición como tradición está bien pero la cultura, a veces, va en contra de la civilización. Y yo estoy a favor de la civilización. Vinos de calidad en copas de calidad», sentencia Luis Paadín, gran divulgador del vino y firme defensor de la uva del blanco lexítimo, la variedad autóctona de la zona que tanto costó conseguir que se reconociese. «Estoy a favor de los vinos de Betanzos siempre y cuando sean de calidad», añade uno de los mayores expertos en viticultura de Galicia. Y aunque también los hay en otros puntos de la provincia coruñesa Rianxo, Boiro o Noia, estos ya son más furanchos que loureiros al estilo Mandeo. «Cuando nosotros empezamos, en esa zona del norte de Galicia ya había furanchos. Yo tengo 69 años y ya recuerdo ir con mis padres, así que tienen más de doscientos años de existencia. Es una forma de vender el vino a granel, la única salida que tienes es el furancho», afirma Jose Luis Videira, presidente honorífico de la Federación de Furanchos de Pontevedra. No todo es como las guerras del norte y el sur en Juego de Tronos

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