Hace años lo veía todos los días, cada vez que mi coche se paraba en el semáforo, él sonreía desde el otro lado de la ventanilla ofreciéndome dos paquetes de pañuelos, en ese tiempo justo que tenía para ir avanzando la fila de vehículos. Como era una cita casi diaria, él a veces no insistía, bastaba con vernos las caras a través del cristal para entender que yo no me esforzaría en sacar unas monedas. De hecho, creo que a lo largo de todos estos años, no le he comprado muchas veces. Aunque él estaba siempre, sin fallo, en la esquina de la avenida de Arteixo con la ronda de Outeiro, en ese semáforo breve, para vendérmelos.
Pero la vida nos cambia de ruta de pronto, y desde que existe la tercera ronda, mi camino no encuentra pañuelos. Son esos cambios del destino que te llevan a perder a alguna gente de vista; gente anónima que en ocasiones reconoces a la misma hora en la misma parada del autobús, entrando en el mismo café, y que forman parte de tu rutina diaria. Son los desconocidos conocidos; y el hombre de los pañuelos era una de esas caras fijas de todos los días. Por eso, la semana pasada cuando tuve que girar de nuevo el coche para coger la dirección antigua y me lo encontré en ese mismo semáforo, con algunas canas más, pero con la misma sonrisa, decidí bajar la ventanilla, comprarle un paquete y hablar con él por primera vez. «Me llamo Roberto -me dijo- y llevo en este semáforo más de veinte años». Con esas dos frases pensé entonces que la historia merecía al menos unos minutos de conversación. Me hice a un lado con el coche y Roberto me dio la pista que esta crónica necesita: «Soy coruñés, ¿eh?», como si esa condición le diera también un pedigrí para su trabajo, para hacerse con el que ya es su semáforo, y un punto de razón para entendernos. Que al menos de vista, nos conocíamos de toda la vida.
Roberto me explicó que él suele hacer un horario partido, y que cada día «ficha» a media mañana, está unas horas trabajando, luego se va a comer y regresa a media tarde, cuando él considera que el tráfico le va a permitir sacarse un dinero. «Con lo que gano me da para pagar una habitación, nada más», me confiesa, no sin antes mostrar que hay días que la venta se pone cuesta arriba. ¿Alguna vez te llevaste una sorpresa? ¿Alguien te dio una cantidad que no te esperabas?, le pregunto. «Hace años -me susurra con la emoción del que tiene un secreto guardado- una persona me entregó un sobre con 600 euros. No me ha vuelto a pasar». Con esa intimidad ya compartida, vuelve a la realidad para explicarme que su trabajo es un vaivén, que hay gente que se para, pero que hay otra mucha que no, pero que él necesita volver siempre a esa misma esquina, a su zona, porque después de veinte años se siente muy bien allí. Que la vida está achuchada y que él se dedica a esto porque le gusta, que no tuvo otra oportunidad.
Y con la misma educación que empezó la conversación, decide hacerme una seña para que entienda que sus minutos de venta son oro y que los coches se están apilando en esa fila esperando a que él les sonría detrás del cristal. Se debe a sus clientes. Así que Roberto se despide con un «muchas gracias», que yo le devuelvo, con la condición de que otro día me cuente más, porque en ese semáforo le han pasado muchas cosas. Cuando cojo el volante pienso en ese shock de los 600 euros, en si hoy alguien se habrá parado a comprarle un paquete y en que por fin le he puesto nombre al hombre que desde que empecé a trabajar me esperaba todas los días de regreso a casa, a la misma hora, con una sonrisa. Se llama Roberto y es coruñés.