La resistencia de las hormigas


En un momento de Celia en la Revolución, un miliciano cuenta a la protagonista que los vecinos de su barrio son como las hormigas: después de intentar envenenar un hormiguero, los bichos vuelven, disciplinados, a hacer sus cosas de bichos. Llevan la comida a cuestas, barren sus portales, los niños hormigas van al cole... Igual, le dice, pasa con los bombardeos en Madrid. Tras el horror, se impone lo cotidiano. Se intenta encontrar comida, se recoge lo roto, los niños juegan de nuevo. Es la terquedad del ser humano, retratada con la maestría de Elena Fortún para contar el día a día.

Pensaba en esas hormiguitas del Madrid asediado en la Guerra Civil este lunes. Y no, no por similitudes históricas. Más bien porque bajo del sol de abril, viendo pasar a la gente por San Andrés, repasar páginas en una librería de viejo, pedir café y hablar de naderías en un bar, recibir mensajes absurdos de grupos de WhatsApp de padres, envidiar al público del concierto de Dylan y escuchar en casa I want you a todo trapo, resulta que pasadas las elecciones, lo cotidiano, lo práctico, lo que nos hace felices o lo que nos hace luchar, vuelve a ocupar su sitio.

Todo vuelve a su lugar, pasado lo excepcional, y el sol ayuda a quitarse lo gris del invierno y los fantasmas de la campaña, las amenazas de dar marcha atrás en 40 años de hormiguitas democráticas y avanzadas. Explicar, avenida de Finisterre abajo, lo que es la ultraderecha, no resulta nada fácil. Los totalitarismos que se blanquean, las ideas despreciables que parecen querer ocupar el mismo espacio que las opiniones respetables (sean o no compartidas, pero respetables), se han colado en esa cotidianeidad de una forma pasmosa. Los libros, de nuevo, explican mucho mejor algunas cosas. Desde las hormiguitas de Elena Fortún a las tocas blancas de Margaret Atwood. Qué surrealista sentarse estos días en una terraza en la plaza de Recife y escuchar las voces de los niños mientras vuelan las páginas de El cuento de la criada, llevando al extremo algunas de las ideas que hemos escuchado, suavizadas algunas, diluidas otras, retorcidas para parecer otra cosa, en esta campaña. En el régimen de terror de la república de Gilead se esconde el miedo, el rechazo, el dolor, la imposición de la moral propia como única verdad. No hay lugar para el criterio propio ni para la mujer como ser pensante, ni para el homosexual, ni para el que no tiene el poder y la disciplina castrense a mano.

Es mejor pensar en las hormigas del Madrid destrozado de Celia. Tercas en lo cotidiano, resistentes a varios tipos de veneno, tenaces. Hemos vuelto a salir al sol, como bichos resistentes que somos, para demostrar que se nos puede llenar de agua el hormiguero, pero sabemos nadar.

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