Once contra diez en el campo de la Torre


Lo que voy a contar sucedió en el fútbol base coruñés durante el puente de Todos los Santos, en un partido entre los infantiles del colegio Maristas y de un conocido equipo de la ciudad. Chavales de 12 y 13 años para los que el deporte es un motor más de su aprendizaje, a veces con derrotas que son grandes lecciones, a veces con victorias que en realidad son derrotas.

Saben bien padres y entrenadores las dificultades que entraña reunir al equipo durante los puentes, con viajes, excursiones y otros planes familiares que complican las convocatorias. Por eso se presentó Maristas a su cita en la Torre con solo diez futbolistas, para jugar contra un adversario mejor clasificado en la competición y, en principio, favorito. El entrenador colegial comunicó la situación de inferioridad numérica al árbitro, que no puso impedimentos para que el partido se celebrase. Y el técnico rival, en un gesto de noble deportividad, decidió alinear también a diez chavales, prescindiendo del undécimo para equilibrar el envite.

Pero he aquí que lo que parecía un duelo descompensado resultó ser un enfrentamiento trepidante, así que los jóvenes de Maristas, por su motivación y buen desempeño, se fueron al descanso con un valioso empate y la sensación de que incluso podían ganar el partido. Y entonces…

Todo cambió. Alguien en el otro club terció para variar el rumbo de los acontecimientos y, apelando seguramente al objetivo de la victoria, determinó que su equipo alinease a 11 futbolistas en el segundo tiempo, para sorpresa de los jugadores de Maristas que, aunque perdieron el partido, se vaciaron en el campo y se ganaron el respeto de los asistentes y efusivos elogios de su entrenador al finalizar.

El cambio de planes durante el descanso convirtió un gesto elegante y valioso en otro rechazable. Una lástima, pero por desgracia, previsible. En el fútbol -incluso en estas categorías- la deportividad suele acabar donde comienza el resultado. Cuando el éxito peligra, desaparece la hipocresía, se cae la careta de la nobleza y asoma el rostro de la ambición. Ganar como sea, eso es todo. Por ese principio se rige el fútbol de élite, así lo escenifican cada semana los profesionales en sus clubes y así lo interiorizan y replican numerosos entrenadores y chavales en la base.

Es verdad que no hay nada irregular en alinear a 11 futbolistas, que es un derecho incontestable, como lo es intentar ganar un partido. Pero con los críos debería haber siempre un límite: la formación, que en este caso tiene que ver con el valor de la deportividad. Y ahí es donde no todos los educadores tienen la talla necesaria.

El equipo en cuestión ganó el partido de fútbol... y perdió el de la enseñanza. La mayor goleada se la llevó el deporte.

Por CrÓNICAS coruñesas

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Once contra diez en el campo de la Torre