Hay unos campeones que están esperando a que la afición coruñesa los vaya a ver al campo de fútbol. No han salido todavía en la primera página del periódico, aunque visten la camiseta del Deportivo, pero estoy convencida de que cualquier día de esta temporada esa fotografía de este equipo de cracs va a tener su hueco. Por eso quiero hacerles una invitación desde aquí para que no se los pierdan. Me gustaría, si fuese posible, que vayan a animar al Dépor en el que juegan Anxo, Carmela, Álvaro, Senén, Álex, Gabriel, Víctor... hasta sumar un total de casi 30 futbolistas de primera.
Yo fui a verlos la semana pasada al entrenamiento en los campos de la Torre y me quedé impresionada de los goles que nos meten. Son furones al alma: «Mamá, la gente dice que tenemos discapacidad intelectual, ¿se creen que somos tontos?», le preguntó Anxo, que suda la camiseta como el mejor de los futbolistas, a su madre, Mónica. Ella, como todos los padres que asisten emocionados a todos los partidos, me contó el subidón que supuso para todo este equipo genuine del Dépor que su hijo fuera convocado para jugar al fútbol: «Ahora todos se sienten importantes, ven que se les reconoce, que se los valora, han visto cumplido un sueño porque por fin alguien se ha fijado en ellos». Son unos campeones como los de la película de Javier Fesser, unos campeones que a veces se atan las botas al revés, pero que jamás se rinden. Son capaces, luchadores, valientes e increíblemente sensibles. Tanto que cuando te dan un abrazo, enseguida notas que ese abrazo tiene la verdad que te desencaja. Son personas que juegan en una Liga de División de Honor. Yo no soy una hooligan de ningún equipo, pero creo que, si hay que ser hooligan de alguno, es de este Dépor imparable que no sabe lo que es una derrota. Este equipo gana siempre. «Nosotros tratamos al rival con muchísimo respeto», me dijo Álex, enfundado en su impecable equipación de entrenamiento, antes de saltar al campo. El día que los Riazor Blues fueron a apoyarlos y les desplegaron una pancarta mostrándoles todo su ánimo fue para ellos como si los subieran en globo.
El fútbol los ha cambiado por completo, los ha hecho más responsables, más abiertos, más seguros y felices, por esa magia que supone verse dentro un equipo. Porque en este Dépor no hay rivales en el vestuario, sino buenos amigos y una gran amiga, Carmela, que es la única chica del grupo y una capitana como pocas.
Los martes entrenan por la tarde y el viernes a las doce de la mañana estarán como clavos esperando a que Lucía, su preparadora, les dé las instrucciones que los hace tan grandes. Si quieren disfrutar de un gran fútbol de verdad, tienen que ir a ver a este Superdépor.