Adiós a la gotera de la puerta 14 de Riazor


Lo vi el viernes, desde la acera de enfrente de la avenida de La Habana. Está a punto de caer mi amada gotera de la puerta 14 del municipal de Riazor. Los obreros han levantado buena parte de la cubierta de Preferencia y están acercándose ya a la curva de Marathon, a esa puerta que antes, cuando los goles los ponía un tipo a mano con unas tablillas -más de una vez se equivocó, para gran jolgorio de la afición-, era Lateral Marcador o algo así. Lateral Marcador -o como se llamase- era una rampa de tierra y yerbajos donde algunos veíamos de pie jugar al Dépor antes de que fuese el Superdépor.

Ya conté alguna vez por qué le tengo tanto cariño a esa gotera, que todavía sigue ahí, pingando como la famosa gota china o malaya -¿en qué se diferencian?- incluso una semana después de que en A Coruña haya dejado de llover (sí, en esta ciudad a veces estamos una semana sin llover, qué pasa). Esa gotera lleva en mi vida desde 1982, desde que la Grada Elevada, a la que me llevaba mi padre cada domingo, cayó fulminada y nació Preferencia.

Amo esta gotera, entre otras muchas razones, porque hasta ahora, treinta y tantos años después, nadie ha podido con ella. Ni el Ayuntamiento. Ni el Deportivo. Ni las obstinadas constructoras. Y porque aprendí a andar en bici en esa acera. Delante de lo que hoy es la Casa del Agua y el polideportivo lo que hubo durante mucho tiempo no era una acera, sino una pista de tierra y pedrolos, llena de charcos como océanos, donde la bici se atascaba o patinaba sin remedio. Así que lo suyo era pasar la BH bajo el agua de la puerta 14 (que aún no tenía número, ni nada: era solo una puerta anónima) y subir la gotera con mucho cuidado al timbre o al manillar. Luego había que bajar mangado por la cuesta de la piscina -donde lo que había que esquivar no eran pingas sueltas, sino las bombas H de las palomas que siempre han anidado allí- y dar la vuelta en redondo al llegar al pabellón. Así la gotera veía algo de mundo. Había otros árboles entre las baldosas, mucho más feos y gordechos que estos ginkgo biloba tan monos que nos han puesto ahora.

Así que la acera de Preferencia fue donde aprendí a caerme, a llevar unas hostias siderales, y, lo que es más importante, a levantarme. Por eso, cuando dentro de unos días las grúas se lleven por delante la histórica gotera de la puerta 14 de Riazor, también me arrancarán un pedazo nada desdeñable de mi vida. Tendré que ir por allí y ponerle unas flores o algo. Yo sé que la Torre de Marathon, a la que tampoco nadie hace caso ya, me acompañará para rezar un responso por la difunta. Que la tierra te sea leve, querida amiga.

Por Luís Pousa Coruñesas

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