El poderío de la segunda división del rock

Willie Nile entusiasma a 200 personas en el Garufa Club de A Coruña con un concierto que agranda su leyenda underground

Willie Nile conectando con el público del Garufa Club de A Coruña
Willie Nile conectando con el público del Garufa Club de A Coruña

A Coruña

Entrevistados ayer en La Voz de Galicia, los integrantes del dúo Presumido decían que su propósito pasaba por llenar algún día grandes recintos. «Hasta que llegue ese momento seremos una maqueta de una banda de estadio», advertían. Con Willie Nile, que formalmente nada tiene que ver con el finísimo synth-pop de los gallegos y les lleva bastante años de ventaja, ocurre algo parecido. Actúa para doscientas personas, pero imaginando que delante de sí tiene a 20.000. Como si de un Bruce Springsteen de bolsillo se tratase, sus directos poseen trote, sudor, estribillos-himno, emotividad y sensación de que los doscientos, que podrían ser 20.000, se encuentran en ese momento todos a una.

Esa sensación ya no sorprende. Se trataba esta ya de la cuarta visita del neoyorkino a la ciudad, tras dos pases en Le Club y uno en Mardi Gras. Pero resulta tan reconfortante como el primer día. Acudir a un recital de este pequeño gran hombre supone jugar sobre seguro y reencontrarse con cosas que, si no son verdad, se interpretan como si lo fueran. Meterse ahí, con decenas de devotos y sentir como el rock genera una bola de emoción que gira y gira, haciéndose cada vez más grande, resulta un placer adictivo. Cuando el paisaje de la sala se leva de brazos de alto, de gente botando, de guitarras imaginarias y de coros contestación, se constata de Willie lo había vuelto a hacer. Y ayer ocurrió así. Tal cual.

La excusa de la gira la ponía Positively Bob: Willie Nile Sings Bob Dylan, su último disco con el que honra al Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, apenas acudió a él en sus lecturas de Rainy Day Women #12 & 35 y Blowing In The Wind, esta ya en la parte final y en dos tiempos, con paradiña. El resto del concierto supuso un repaso por ese repertorio suyo trufado de pequeños clásicos perfectamente dosificados para agitar al público. Desde el Runnin’ Down A Dream de Tom Petty con el que inauguró la noche, desfilaron pequeñas joyas de su cosecha. Vibrante con This Is Oure Time. Rollizo en Heaven Help The Lonely. E hinchando el pecho con aquel Give Me Tomorrow que encandiló a Barack Obama. Una vez ahí, perfectamente encerrada la audiencia en una burbuja en la que esos versos parecían una verdad revelada, todo empezó a ir a más.

Hubo un parón lírico. A piano, apeló a Streets Of New York hablando de su casa en Greenwich Village y los contrastes entre ricos y pobres en la Gran Manzana. También recurrió a Across The River, cuyo solo de guitarra parecía llegar de un tiempo muy lejano de guitar-heros y rostros arrugados en pleno éxtasis. En el momento en el que Jorge Otero (de los Stormy Mondays que respaldan al americano en sus giras españolas) parecía exprimir las notas de su guitarra y esas empezaron a dibujar un sola muy parecido al del Purple Rain de Prince todo se materializó. El regreso al pasado resultó total.

Luego, lo previsible. Willie Nile sacó partido de canciones como House of a Thousand Guitars o One Guitar, con sus coros respuesta, la sensación de comunidad y constatando que, en efecto, el Garufa Club en estos momento podría ser la maqueta de un concierto de estadio. Al terminar la segunda, el público se quedó coreando el “na, na, na, na, na, na, na, na, na” y la banda volvió para reanudarla de nuevo. Se generó ahí uno de esos momentos de sonrisas, sudores, saltos y júbilo roquero que justifican por sí solo el pago de una entrada. Cuando el artista se queda mirando a sus fans, apretando el puño y llevándoselo al corazón, pone la guinda.

Willie Nile decía en la entrevista que dio a La Voz que devolvería el dinero a quien no se lo pasase bien. Al término del concierto, nadie pidió el reembolso. Al contrario, la demanda resultaba otra muy diferente: por favor, vuelva cuanto antes.      

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