¿Tú ibas a por tabaco a La Luna?


Hubo un tiempo en que todos éramos Terito, que nos acercábamos a los míticos lugares donde se vendían los cartones de cigarrillos de contrabando y bajábamos la voz para preguntar misteriosamente por nuestra mercancía: «¿Tienes tabaco?». Bajar el tono era una forma de contraseña que funcionaba con normalidad en aquella Coruña de los ochenta en que todo el rubio de batea se concentraba alrededor de Santa Lucía. No sé si precisamente porque es la patrona de los ciegos, allí se hacía la vista gorda, pero en esas trastiendas se movía todo un vaivén en que el tabaco se mezclaba con cualquier venta de bazar. Yo que no fumé jamás, y menos a los 8 o 10 años que era la edad que tenía por aquel entonces, recuerdo con fascinación y nervios aquellas situaciones que por cotidianas no dejaban de parecerme de película. Podías ir acompañada de la mano de cualquier adulto y aunque en apariencia pensabas que entrabas a comprar una barra de pan y hacías la cola con todas las señoras de la compra, la panadera, sin embargo, se sacaba dos cartones de debajo de un mantel de cuadros: «Ven mañana, que hoy no tengo más», podía soplarle a tu tía o a tu padre.

El Winston americano era uno de esos «lujos» de los ochenta que los coruñeses disfrutaban, como todos los gallegos, de tapadillo. Unos iban a Manolita, que ya empezó vendiendo los cigarrillos sueltos en los soportales del Teatro Rosalía, como toda una garantía de buen trato. Y si te salía el tabaco malo, no dudabas en llegar a su bazar en Santa Lucía para reclamarle un poco más de calidad. Claro que en aquel universo, había un único satélite, La Luna, que hacía resplandecer a todos los coruñeses. La mítica tienda de Juan Flórez era todo un escaparate futurista para esta ciudad ávida de cualquier artilugio tecnológico. Ese local capaz de vender lechugas y calculadoras en sus comienzos representó toda una revolución para quienes buscaban sus primeros relojes de botones en los ochenta, los mecheros más modernos, los walkman, las minirradios, los auriculares... Y, por supuesto, el tabaco. Era imposible no pasar por delante y quedarse atrapada en todos aquellos aparatos que adelantaban un tiempo, que nos hacían imaginar que había otros mundos avanzados que llegaban a este puerto esquinado saltándose todas las fronteras. No sé si de Canarias, de Ceuta o de la otra punta del mundo, pero en cualquier caso generaban en todos nosotros la inquietud de pensar que lo más novedoso venía de otra parte que no era esta. La Luna nos abría ese otro interés que a veces se confunde con lo prohibido y desde luego satisfacía muchas de nuestras ansias. Seguro que tú también recuerdas lo que se movía y nos removía en esa trastienda.

Por Sandra Faginas Coruñesas

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