El escaparate de la ciudad se renueva

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

PACO RODRÍGUEZ

Una pareja de amigos llegó a Coruña este fin de semana, desde Madrid, dispuesta a comprar una mesa vintage. Anda que no habrá anticuarios en la capital, dirán ustedes... pero la mesa de sus desvelos, una preciosa G-plan de los años sesenta, estaba esperando por ellos en Linares Rivas. Hoy, que todo está en la red, la pantalla se convierte en un escaparate casi más válido que el de toda la vida: llega más lejos, puede lucir más.

Después de dar cuatro vueltas para aparcar, una de mis amigas entró en casa triste como el tiempo. Y no, no era por la desesperación de no encontrar sitio. A ella, que es asturiana, le dolía Oviedo: mientras buscaban aparcamiento por el centro, me contaba, no veía más que tiendas preciosas. Las mismas que echa de menos en su ciudad, que no tiene este comercio, decía, que está de capa caída. Incluso por San Andrés, en esos tramos en los que los coruñeses protestamos por los locales cerrados, ella encontraba tiendas para parar en los escaparates. Madre mía, la oíamos cada dos por tres, y en Oviedo mira cómo estamos.

Es curioso cómo cambia la ciudad cuando la miramos nosotros y cuando nos la miran otros. ¿Comparar Oviedo con A Coruña? Ni falta que hace. Entre otras cosas porque se parecen como un huevo a una castaña. Pero llama la atención que alguien venga de fuera, después de unos años sin pasar por la ciudad, para descubrir que hay una generación de nuevos emprendedores (de los de verdad) que se juegan el cuello por hacer proyectos bonitos, diferentes, de esos que no solo ofrecen algo que comprar sino ese plus que no tienen, por ejemplo, los centros comerciales, esos que durante mucho tiempo parecían las únicas opciones. Porque hay clientes para todos y es bueno que todos los posibles clientes tengan a donde ir. A las tiendas más monas y a las grandes cadenas. A algunos de esos proyectos les ha ido bien. Otros se van (cerraba hace poco un espacio precioso en la calle Picavia, y es una pena), y aunque muchas veces las razones parezcan obvias, otras no lo son tanto.

Los centros de las ciudades cambian como cambian sus vecinos. Cierran locales que parecen apuestas seguras, y otros por los que nadie da un duro siguen adelante. Calles que antes eran arterias pierden fuelle en favor de otras por las que nunca habríamos apostado. Es probable que los expertos en comercio y economía tengan clarísimas cuáles son las claves para que un negocio funcione en un determinado lugar y fracase en otro. Yo no las tengo. Pero soy cliente. Y sé que en cualquier ciudad, en esta y en Oviedo y en Madrid y en donde sea, entro en aquellos locales que me dicen algo, que no solo me lo venden.