Cariño, no me llames «cari»


Será que escribo en San Valentín y el amor al final siempre ronda, aunque sea para despedir el carnaval. Pero el caso es que mientras comía orejas, alguien me sopló al oído que no le gustaba nada eso de que le llamaran «cari» en la intimidad. Que donde esté un cariño, así completo y con esa terminación que ya nos aloumiña, que se quite el cari y todos los acortamientos cursis. Los caris han tenido su época y sus fans, pero parece que van a menos en este código amoroso de las parejas. Es curioso, porque todos conocemos a matrimonios (es otra categoría) de apariencia formal, que luego en la intimidad se deshacen en cuchicuchis de lo más blandengues entre ellos. Hay también los que aprovechan el paso del tiempo para mudarse el nombre y sustituirlo por ese aséptico «mamá» y «papá», que produce cierta desolación cuando los ves a los dos frente a frente tomándose un vino: «¿Mamá, qué quieres tomar?». Claro que existen otros que se dan más rango y se dirigen con ¿amor? interpelándose en la vieja fórmula de la «jefa» y el «jefe», que solo reclama obediencia: «Jefa, ¿dónde vamos a comer hoy?».

Conozco a parejas que se llaman «corazón», «pocholita», «cielo», «amor» (incluso para no confundirlas con otros nombres), y a muchas que huyen de cualquier apelativo similar que implique una exposición a la emoción.

Pero aquí, en Coruña, enseguida nos desbordan los adjetivos para demostrarnos afecto. Más allá del «nena» y del «neniño» que nos reclama atención, a mí siempre me ha gustado esa proximidad cariñosa del -iño en todas las formas gallegas. En especial para dirigirnos a los niños: «A ver, meu parruliño», «mi parrochiño», «mi ruliña», «mi curuxiña», «mi piruliña», «mi churriña», «mi pequechiño»... Hay tantas maneras de demostrarnos amor del bueno que, aunque a veces las palabras sobren, algunas no nos bastan. Sobre todo aquellas expresiones que nos hicieron únicas en boca de las personas queridas que ya no están y que se han ido con ellas. Nadie me ha vuelto a llamar «miña reina» como mi abuela, ni siquiera ese «mirreina» que aún resuena en la memoria y que no he vuelto a escuchar dirigido a mí jamás. Supongo que todos tenemos alguna de esas fórmulas grabadas en la mente, que nos asoman de vez en cuando, si las escuchamos de repente expresadas hacia otros. Hubo un tiempo que alguien cariñosamente me llamó «marquesa», aunque fuese para darme la merienda: «Marquesa, aquí tienes tu bocadillo». Y así, rendida a aquel recuerdo, me vienen a la cabeza esas maneras particulares en las que nos dirigimos a nuestros hijos como solamente lo sabemos hacer las madres. «Mi vida, mividiña, meu rei»... Mis palabras de amor son vuestras.

Por Sandra Faginas CORUÑESAS

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