Ahora que el viernes es friday, el lunes, monday, y el martes, tuesday, nos queda celebrar dentro de nada Acción de Gracias. Y por el camino que llevamos es posible que enseguida nos veamos festejando en este mes prenavideño, el de noviembre, que se ha vuelto el mes del Black Friday. Que, ojo, el superdescuento empezó durando solo un día, ha pasado a ser ya una semana, y pronto se alargará todo el mes. Si no al tiempo. Nos va a pasar como me contaban esta semana con la promo de los 8 días de Oro de El Corte Inglés, que de 8 se han convertido en tres semanas. Vivimos en la promoción continua, en el sube y baja de las ofertas, en un estrés de consumo que no seré yo quien lo eche abajo, pero que da que pensar. Me da que pensar, por ejemplo, qué hacíamos antes cuando llovía, cuando los festivos no abría el comercio y cuando no habían llegado a Coruña los centros comerciales. Entonces el único centro que había estaba claro y había que caminar sí o sí por él, la calle Real. Así lo refleja una crónica de este periódico de 1904 titulada Paseo de moda, que decía: «De doce a dos de la tarde hubo ayer en la calle Real un animado paseo. Lo espléndido del día y lo agradable de la temperatura -de que se hacen lenguas todos los forasteros- contribuyeron a que fuese muchísima la gente que se echó a la calle, llenando la citada y pasando allí ese par de horas en entretenido charloteo».

Los coruñeses seguimos queriendo la calle, pero hemos aceptado con muchísimo gusto la tendencia a encerrarnos en los centros comerciales, o mejor dicho, de hacer cola en sus aparcamientos, como la única opción. Llevados, claro, por la inercia de la compra. Y que conste que la llegada de los centros comerciales nos alegró, nos configuró en otro chip, y nos remodeló nuestro ocio. Ahora que hay algunos centros fantasma, otros a medio gas, y otros pletóricos, me entra la curiosidad de imaginarnos entonces, cuando llenábamos la calle, los cines de la calle (el Avenida, el Goya, el Riazor, el Colón...), los bares de la calle y me veo en aquellos días lluviosos rebuscando en los discos de Bambuco, en la disco (palabra vieja ya), tomando algo en el Marabú, o en Marte, o en Venus. Era otro universo aquella Coruña en la que todavía comprábamos en las mercerías clásicas, en los ultramarinos de la esquina o en los de más renombre como Aniceto o Casa Mosquera, en Cuatro Caminos. No había Black Friday, y adorábamos igual la modernidad de subir las escaleras mecánicas de El Pote o de hurgar las últimas novedades en Barros. No era una Coruña mejor, era todo distinto, tanto que esos festivos que amanecían grises nos obligaban a salir de nuevo a pasear a la calle. Era una Coruña abierta, en la que a todos nos daba más el aire.

Por sandra faginas Coruñesas

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¿Y cuando no había centros comerciales?