La invasión de las magdalenas veganas


Ahora que todos somos modernos y guapos, los locales de hostelería intentan ponerse a nuestra altura. Como si resultase tan sencillo. Por eso se multiplican los establecimientos clónicos que no sabemos muy bien cómo definir: ¿Bares? ¿Cafeterías? ¿Gastrotecas? ¿Vinotecas? ¿Cervecerías? ¿Taperías?

Ni idea. Lo único que tenemos claro los coruñeses de a pie es que son todos iguales, por eso cuando nos citan en uno de estos lugares normalmente nos confundimos y entramos en el de al lado porque tampoco es que haya mucha diferencia entre uno y otro. Todos son blancos, muy blancos, tan blancos que a veces te deslumbra tanta claridad, aunque sean las tres de la mañana. Y todos plantan esas sillas altas, diseñadas para ser incómodas a propósito y que te largues cuanto antes después de gastarte cuatro euros en una copa de vino demasiado grande para tan poco vino.

Por eso, después de tontear con estos garitos de blanco ultramoderno y taburetes de mal asiento, el coruñés irredento siempre vuelve a su bareto de cabecera. Esa cafetería o tasca de barrio -del barrio de su infancia, que es para siempre el barrio-, donde todavía ponen tapas de tripas y cuelga en la pared la alineación ya amarillenta del Dépor de la temporada 1993/94, que es el instante en que se quedó congelado el local, con sus parroquianos maldiciendo una y otra vez el penalti de Djukic. En el bareto del barrio no hay cocineros hipster ni camareras tatuadas con un piercing en la nariz, pero el jefe se sabe tu nombre desde hace veinte años y te saca la cerveza de la nevera nada más verte asomar por la puerta.

En los espacios cool hay lámparas muy extrañas, con muchos puntitos de luz, aunque luego no se ve nada, y todos tienen nombres en inglés y muchas bicicletas aparcadas en la puerta, como si hubiese pasado el Tour por A Coruña y a todos los ciclistas les hubiese dado por hacer avituallamiento en las terrazas más cuquis del centro. El otro día, recién salido del ambulatorio después de que el Sergas me sacase la sangre, me metí sin querer en uno de estos cafés.

-Uno con leche y dos churros, por favor.

-Aquí solo tenemos magdalenas veganas.

-¿Veganas? ¿Cómo veganas?

A un tipo de Peruleiro en ayunas no le puedes ofrecer magdalenas veganas a las nueve de la mañana sin que le salten de golpe dos o tres conexiones neuronales.

Como no andaba muy lejos de allí, se me ocurrió pensar qué pasaría si la invasión de los veganos llegados del espacio exterior llegase al Sanín. ¿Qué diría el parroquiano que tiene en la estantería una taza personalizada con su nombre grabado si un día le pusiesen magdalenas veganas con el Ribeiro? Probablemente implosionaría el universo. Pero a parte de eso, todo correcto, el paisano se tomaría la magdalena (vegana y todo) y pediría otra taza para bajarla.

Por Luís Pousa Coruñesas

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