Me encantaría ahora mismo falsificar mi carné -desde aquí lo digo- y que me dejaran pasar al Pelícano. Pasar por una de 14, con mi melena planchada y la raya al medio. Los 14, esa edad límite que hoy por hoy marca en Coruña toda una meta. Si no andan rodeados de preadolescentes es probable que esto les resbale, pero los que tengan hijos o nietos o sobrinos que rondan esos años saben muy bien de lo que hablo: todos ellos cuentan los días, las semanas y las horas para que por fin el portero de la discoteca les abra el paso con todas las de la ley. Sin tener que recurrir a ese oscuro mundo en que los carnés rulan por el mercado negro.
Me hace gracia que nada cambie en este tema discotequil, porque creo que mi primera falsificación fue también para entrar en un guateque -palabra decadente, pero necesaria si ahondamos en la nostalgia-, aunque ni con esas en la fiesta me colé. El portero de Green fue más crudo, y pese a todo el pote de las tierras de Egipto que una se ponía, tuvo la cara dura de preguntarme si había hecho la primera comunión. Supongo que ese portero estará hoy jubilado, pero no sabe todo lo que me acordé de él a los 14, a los 15, a los 16 porque no hubo manera de hacerme crecer... a lo alto. A los 16 entonces ya podíamos entrar en la sesión de tarde, de modo que el carné fue conmigo a toda cuanta discoteca había, a riesgo de que otro portero simpático quisiera frenar mi ganas de baile. Qué ganas las de entonces y qué ganas tienen ahora los de 14, que nos miran con cara de extraterrestres cuando los padres ponemos el semáforo en rojo para que no pisen el acelerador. Como si no hubiéramos hecho nunca lo mismo: falsificar, colarnos y apretujarnos hasta reventarnos. Qué aglomeraciones aquellas, qué tensión en la entrada para que te dejaran pasar y qué agobio conseguir salir de aquella discotecas de los ochenta, como aquella primera vez en Pachá, la más parecida al Pelícano de hoy. Con su piscina, su terraza y con aquella pista de gran discoteca (¿de Madrid?). Aquí Pachá nos dejó el primer día una imagen desmelenada, porque en aquella inauguración se cayó el perchero y a la salida se montó tal histeria que nadie encontraba nada, miles de chavales intentando coger los autobuses de Oza o haciendo cola en la única cabina que había para llamar a casa. Pero de aquel Pachá conseguimos salir -parece que hace nada- para encontrarnos ahora esperando en la puerta del Pelícano por toda esta recua de catorceañeros que solo nos quieren mirar de reojo y de lejos. Mejor, porque si nos viesen con el aumento de la lupa igual se llevaban un susto, casi como el que me dieron a mí el otro día cuando me contaron cómo va lo del «lío abierto» y el «lío cerrado» por la Ciudad Vieja. Otro día les explico de qué va con calma, que podemos papar mucho... frío. Y es para mayores de 14.