Los cruces de caminos son lugares donde inexorablemente tenemos que tomar decisiones. Si estas decisiones las tenemos ya meditadas, solo nos concentramos en nuestros pasos, prestando atención a las señales y esperando con paciencia nuestro turno.
Por ello, dos elementos son claves: una señalización adecuada por parte de la autoridad competente; y prudencia y respeto a las normas por parte de conductores y peatones. Sin embargo, multitud de factores externos rompen este equilibrio idílico aunque las premisas para una adecuada seguridad se cumplan.
Cuando los infortunios son frecuentes, los agentes implicados emergen del anonimato y la madeja se enmaraña de tal forma que al final se pierde la perspectiva del problema que se quiere solucionar. Si a esto le añadimos los que opinan porque les divierte o les parece oportuno a sus intereses, tenemos un acertijo irresoluble. A estos dos últimos perfiles podríamos añadirle uno intermedio, mezcla entre ambos, donde se conjuga el servicio a sus intereses y el disfrute personal con el murmullo generado.
Los remedios que se proponen por parte de las diferentes instituciones suelen ser casi siempre muy costosos, enredados entre múltiples Administraciones, con llamadas heroicas a los ciudadanos y encapsuladas en una única acción.
Aunque lo anterior es muy preocupante, aún lo es más que todas estas cuestiones se solucionen regándose con dinero, sin entrar a valorar responsabilidades por la propia situación ni si la actuación propuesta es realmente la más adecuada.
Como diría el refranero popular, a río revuelto, ganancia de pescadores. Pero ¿a quién le corresponde el papel de pescador en este caso?