La ciudad pintada


Contaba estos días en la radio el pintor Manuel Quintana Martelo que una vez llevaba un contenedor (estaba experimentando con el mobiliario urbano). A dónde va con eso, le preguntó un señor. Voy a pintarlo, le dijo. Efectivamente le viene muy bien una mano de pintura, respondió el señor. En estos días grises de final de verano, nos viene bien una mano de pintura a todos. Al mobiliario urbano y a las paredes, también, como si la ciudad quisiese dar la bienvenida al otoño convertida en un enorme lienzo.

Por la mañana saluda Miles Davis con su cara de alucinado. Es tan temprano que dudo que el bueno de Miles anduviese despierto a esas horas, lo más probable es que aún no se hubiera acostado..., pero como ahora vive pintado en un contenedor de Juan Flórez y da igual la hora del día o de la noche, sus ojos llenos de genio y de rabia están ahí lanzando incomprensibles mensajes a los peatones que ven más allá del cubo verde en el que se ha aposentado el músico, visto por el fotógrafo y director Anton Corbijn. Algo extraño trata de decirnos, sobre todo por la noche, o en esas mañanas en las que aún no ha amanecido: brillan más sus ojos y parece que nos avisa de algo. Algo que él sabe que pasa pero que nosotros todavía no.

Las paredes también lanzan señales extrañas. Aparece un trozo de calle que no es ni el final de una ni el arranque de otra, una especie de tierra de nadie bajo un puente. En ese espacio entre Costa Rica y Magistrado Manuel Artime (que seguro que tiene un nombre, o tal vez no) se cuela un grafiti inmenso que también lanza mensajes incomprensibles que se leen mejor desde la acera de enfrente. Menos mal que debajo del puente nadie se fija mucho en los que nos quedamos parados mirando muros...

Más luminoso, más azul y menos extraño (o tal vez mucho más, precisamente porque parece más evidente) es el mural que luce entre el colegio y el instituto en la plaza de Pontevedra, esa Marineda Soñada por Lugrís que alguien se empeña en pintarrajear porque sí, porque mola ensuciar el trabajo de otros. Esa ciudad vista desde el mar, hecha de torres y ventanas y velas de barco como ojos entreabiertos, parece más sencilla que la mirada alucinada de un trompetista torturado o que un grafiti un tanto macarra. Pero detrás de ese azul y de esas líneas parece latir la ciudad con su propio ritmo, frente al puerto, a pesar de las pintadas que soporta, o de que pasemos por delante del mural deprisa, o de que los chavales se sienten a los pies de don Eusebio da Guarda sin mirar al mar. Pero está ahí. Azul, surrealista y mágica, como se pone a veces esta ciudad cuando se deja pintar o nos observa con ojos de trompetista desde cualquier rincón.

Por ANTÍA DÍAZ LEAL Coruñesas

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