Con la escoba en el tejado


Ahí estaba, un día más, el inefable sonido. Primero incorporado al sueño, como si formase parte de él, pero enseguida como una ducha fría que extirpaba a Juan -le cambiaremos el nombre porque el caso es real- de los brazos de Morfeo. Juan rebullía entre las sábanas, dormido aún, mientras mascullaba un quejumbroso «¡otra vez las dichosas gaviotas!».

Le sentaban como un tiro esos estridentes despertares, pero lo que más le fastidiaba era que aquellas aves tuviesen la puntería de incordiar fundamentalmente los sábados, el día que podía quedarse a remolonear en la cama. Y una mañana más tocaba espabilarse a las siete. Juan vivía en el octavo y último piso de un edificio de Os Mallos, y sus amaneceres eran amenizados con más frecuencia de la que deseaba por aquellos graznidos que -intuía- procedían del tejado, justo sobre su cabeza.

Entonces saltaba del catre como un resorte, asomaba medio cuerpo por la ventana, clavaba la mirada en el alerón del tejado y profería unos cuantos gritos con la esperanza de ahuyentar a huéspedes tan vocingleros. Sin éxito, se dejaba llevar por su desesperación y, poseído por el odio, corría a la cocina para capturar el mango de la escoba, con la que se asomaba de nuevo para propinar sonoros golpes en las tejas. Desde los edificios contiguos lo miraban sus vecinos con incredulidad, mientras él seguía percutiendo en la trinchera del enemigo, allá en lo alto. Todo esfuerzo resultaba inútil. El chillido solo cesaba cuando las gaviotas lo decidían, y regresaba el sábado siguiente para volver a quebrantar el sueño del inquilino del octavo. El concierto era inevitable, así que Juan acabó dándose por vencido, asumiendo una derrota que lo postraba en la cama lleno de rencor e impulsos asesinos hacia todo animal con plumas. La batalla había finalizado.

Pasados unos meses, un giro en su vida le llevó a cambiar de domicilio. Durante la mudanza llegó el momento de vaciar el cajón de la mesilla de noche, y allí, arrinconado en el fondo, halló un extraño objeto cuya existencia no recordaba: un despertador muy cutre que le había tocado en una promoción. Al apretar uno de los botones, el artefacto recreó a la perfección el atronador graznido de una gaviota.

Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando se decidió a comprobar la programación del despertador: sábados, siete de la mañana. Petrificado, empezaron a desfilar por su mente aquellos amaneceres abruptos de los fines de semana y sus salidas a la ventana armado con la escoba para perplejidad de sus vecinos. Se sintió tan estúpido como reconciliado con el reino animal, sobre todo con los pájaros, y, eso sí, no quiso abandonar el piso sin proceder a la aniquilación del perverso artefacto. «Pues no siempre son las gaviotas», advierte Juan cuando recuerda la anécdota.

Por Alfonso Andrade coruñesas

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