Un par de segundos, por caridad


Los peatones aprenden enseguida que en algunos semáforos hay que salir disparados y que en otros, la autoridad competente es algo más generosa con el aliento del ciudadano. Aunque hay pasos de cebra a los que uno no es capaz de acostumbrarse…, siguen provocando una ansiedad tal que nos ponemos los sufridos peatones con un pie en la calzada como si nos jugásemos el oro olímpico, preparados a alcanzar el otro lado y, de paso, batir un par de récords.

Inténtenlo, por ejemplo, en Sánchez Bregua. En ese cruce en el que se cuelan los coches que vienen de los Cantones, los que van hacia el tritúnel (término maravilloso acuñado por los agentes de la Policía Local), los que se van a meter en el párking y los que van escopeteados hacia Juana de Vega. Todos preparados, y el semáforo se pone en verde para los peatones. Que tienen exactamente 19 segundos para recorrer la distancia que separa el jardín de la farmacia, o lo que es lo mismo, 28 pasos. ¿Suficientes? Nos movemos unos metros más y cruzamos en el Obelisco, desde las casetas a Mango. Ahí no hace falta cronómetro, que nos lo canta el semáforo: son 32 segundos para 27 pasos. Y sobra tiempo mientras el muñequito verde sigue brillando y el tiempo sigue su cuenta atrás. Parece más cómodo, la verdad. Pero podemos seguir probando sin dejar la zona. Otro paso de peatones bien concurrido es el de la plaza de Mina, y también resulta ser generoso. Nos permite recorrer 29 pasos en los 30 segundos que tarda la luz en cambiar al rojo. Aquí solo hay que conseguir hacerse un hueco en hora punta, que parece la salida de la última prueba de fórmula 1, pero al menos alcanzamos la acera sin habernos dejado los pulmones en el intento. Vamos un poco más allá: en la esquina de Juan Flórez con Médico Rodríguez, canta la señal el nombre de la calle durante 11 segundos para 19 pasos.

No es la medición más científica, pero del cronómetro nos vamos a fiar que para eso adoramos las máquinas, y de los pasos… digamos que hablamos de una estatura media, piernas medias, y agilidad normal. Pongamos que quien cruza es un niño pequeño, una persona mayor, alguien empujando un cochecito o una embarazada movilizando barriga. En estos casos, lo de Sánchez Bregua se convierte en una quimera… todo el mundo acaba de cruzar con una ligera carrerita antes de tocar la acera como quien cruza la meta.

Que a lo mejor se trata de un entrenamiento encubierto para ver si generamos más campeones olímpicos en distancias cortas. Pero a los que no tenemos vocación de medallistas, nos vendrían de miedo un par de segundos adicionales para no tener que parar al llegar a la acera con cara de haber escapado del mismísimo diablo.

Por ANTÍA DÍA LEAL Coruñesas

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