No puedo pasar de largo. No puedo hacerlo sin caer en la tentación de entrar en este debate que divide a los coruñeses tan dados siempre a delimitarse en la acera de lo mejor. Los mejores callos, aquí; las mejor tortilla, allá; el mejor pulpo, en tal esquina. Nos gusta crear esa atmósfera rival, aunque solo sea por tener de qué hablar con esa vehemencia que nos lleva el alma. Y al mal tiempo, buenos churros. ¿Pero qué churros? ¿Los de Bonilla o los del Timón? ¿Los grandes o los delgados? ¿Los largos o los pequeños?
El tamaño cuando una se adentra en el tema churril... importa. E importa muchísimo. Tanto que tengo un colega que dice que el coruñés según va creciendo va modelando el gusto y se cambia de acera. Sí, sí. Empieza yendo a Bonilla a saborear el chocolate espeso, a zamparse la media docena de churros con las características propias de esta santa casa: con sus rayas marcadas, su grosor, y el azúcar clásico por encima, pero luego abandona. Y puede ser cierto. Cuando somos pequeños, no sé si por aquello de que muchos cumplimos años allí rodeados de amigos, la infancia tiene el sabor de Bonilla. Sin embargo, la edad nos va acercando de modo inevitable al Timón, en busca de la delicatesen, tal vez por esa máxima experta que dice que cuanto más grandes sean los churros más posibilidades hay de que la masa se impregne de aceite. Y eso con los años pesa. Claro que ese mismo amigo mío, como buen coruñés, se atreve a llevar a extremo el componente de nuestro ADN y es capaz de afirmar sin que le tiemble la voz que un coruñés-coruñés, un CTV auténtico, solo puede ser del Timón. Así que es capaz de medir bajo esa lupa nuestro marcador genético: «A ver tú, ¿churros de Bonilla o del Timón?». Y si la respuesta es el segundo entonces lo acepta dentro de ese límite talibán del coruñesismo de pro. Pero pros, muy pros son los que aún se acuerdan de la churrería Pier, donde hoy está el Bonilla de la calle Real. Que ese es otro metadebate muy nuestro: entonces, ¿qué Bonilla es mejor? ¿Solo vale el de la Galera? Y aquí reside la gracia real de nuestro gusto, la posibilidad de echarnos el sábado al Timón a disfrutar de la merienda (por aquello de que son más ligeros), y el domingo, a desayunar a Bonilla como si no hubiera un mañana.
En el Timón, eso sí, la media son nueve churros por cabeza, porque aunque todos parecen iguales -harina, agua y sal-, la forma de hacerlos allí es totalmente distinta y su receta la heredan de una curiosidad que le dio nombre cuando empezaron en 1945: el uso de un timón de barco para mover el émbolo de los churros. No quiero entrar yo en una guerra -que entre ellos la rivalidad es sana-, pero si no se han empachado con tanto churro, pregúntenle al de al lado: ¿Bonilla o el Timón? La respuesta no puede tener más sabor coruñés.