La tienda de la esquina


En realidad no es en la esquina, pero casi. Tampoco es que el bueno de James Stewart ofrezca tomates al entrar. Es tan pequeña que no cabrían las cámaras de Lubitsch. Pero caben las mandarinas más ricas del barrio. A la tienda de la esquina no voy todos los días pero cuando voy siempre me llevo algo más de lo que pensaba porque en cuanto Conchi dice que está buenísimo, me pasa como a la mujer de Bárcenas con su marido, y le digo a todo que sí. Menos mal que son unos grelos y no una cuenta en Suiza. Sospecho que es lo que le pasa a toda la clientela, a la que ella llama por su nombre, porque en las tiendas de barrio no hace falta una maquinita para saber quién es el último, y en vez del número 45 somos alguien.

Rodri García recordaba el lunes en estas páginas que solo quedan cuatro ultramarinos en la ciudad. Cuatro tiendas con esa maravillosa palabra que hace pensar en largos viajes en barco, rutas de las especias, sacos de café, hojas de bacalao y delicias de otro mundo. Casi no quedan, es verdad, y una pasa por delante de sus escaparates y piensa en el milagro de su supervivencia. La de los ultramarinos, sí, pero también en la resistencia heroica de las pequeñas tiendas de alimentación que están a dos pasos de casa y que sobreviven a pesar del súper de la otra punta de la manzana, y en el que es inevitable caer.

Aunque sea cargado de culpa: ¿que compras la fruta en el súper? Metes una a una en la bolsa con la punzada de saber que ella no se lo merece. En el pecado va la penitencia, porque cada gajo es un bluf, mientras que las mandarinas del agricultor, feúchas, sin brillo, sin ceras ni pegatinas, son un regalo fresco y ácido. El agricultor es un ente misterioso. No tiene nombre, ni denominación de origen, pero sus frutas son más feas y mucho más ricas, como dice Conchi mientras las va guardando en una bolsa de papel.

Que seguro que la fruta de los lineales eco del súper está igual de rica y detrás hay un agricultor igual de majo, pero esas bandejas con sello certificado, envueltas en plástico, no dejan de ser más tristes y de deslucir los tomates y los puerros.

Confieso que, mientras hacía cola, he metido la mano en el cesto de las habas. Esa cola de la tienda de la esquina es una fuente inagotable de historias. De los que organizan cenas en casa por Navidad y se llevan el paté del siglo, de los que preguntan si las anchoas salen buenas (como si pudiese salir algo malo de ahí), de los que mandan quesos fuera de Galicia para regalar, de la señora que solo necesita 50 gramos de jamón porque es para cenar ella sola. De la niña que mete la mano en las legumbres detrás de mí y su madre le riñe y ella calla, mirándome airada, sin delatarme.

Por Antía Díaz Leal Coruñesas

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