De un tiempo a esta parte Coruña se ha convertido en Nueva York, con toda la distancia que quieran, con el Océano Atlántico de por medio, pero hay un contagio americano que ha calado profundamente y va a más. Antes cuando te ibas a tomar algo en la calle de la Estrella, el vino lo servían en cuncas, había serrín en el suelo y los baños no eran precisamente para usar. En cambio desde que somos un nuevo Brooklyn vayas adonde vayas flipas con la decoración de los locales y las formas modernas: espacios diáfanos, baldosas hidráulicas, tubos al aire, paredes de cemento, camareros hipsters con delantal, cartas originales... ¡Hasta se comen hamburguesas como el mejor de los menús! Y si me apuran hay quienes ofrecen un brunch a media mañana para que los fines de semana cojan un sabor made in USA. En cuatro o cinco años hemos pasado de los baretos de mala muerte a una hostelería de catálogo, no sé muy bien si por la cantidad de arquitectos que la crisis ha desbancado de la construcción y ahora están volcados en las reformas o porque el fenómeno Inditex -y todo indica que este es el eje de la transformación- nos ha acabado por mudar hasta límites insospechados. Así que estamos que nos salimos, en un lujo posh con el que los coruñeses estamos encantados. Un ecosistema que nos regula a la perfección, los sitios están abarrotados, la novedad de las aperturas nos mueve de una calle a otra y hasta nos atrevemos a cenar en la terraza, con calefactores y mantas de lana. Sin embargo, en esta locura renovada de cambiarlo todo a los decoradores se les ha ido la mano en el tema de los taburetes. Y aquí me han dado en lo personal, que no digo yo que la talla de las coruñesas no haya ido creciendo a pasos de gigante, que las piernas de hoy no son las de hace unas décadas, pero ¡concho! cada vez que me voy a tomar un vino parece que escalo el Everest. Que del impulso que tienes que coger para subirte a esas sillas te meneas más que una peonza y necesitas al menos un brazo en el que apoyarte. O dos. Y no soy la única. No. Que además ahora no hay escapatoria porque como nos ponen a todos a picar algo en mesas corridas, a veces castigados mirando contra la pared, terminas haciendo amistad con el vecino desconocido de al lado y me fijo. Me fijo en que cuando te bajas de esos taburetes vuelves a tener otra gravedad, la tensión se te regula y necesitas unos segundos para recuperarte del cambio de presión. Por no decir el chasco, claro, que se llevan algunos cuando de verte en esa posición se hacen de ti una imagen que luego la realidad no confirma. Amigos hosteleros, piénsenlo bien que a veces unos centímetros son la medida del éxito... ¡Bájennos del taburete, por favor! ¿O soy solo yo?