La reutilización se repite

TERI CAMPOS

A CORUÑA

Jose Manuel Casal

«Nuestros padres eran unos visionarios porque lideraban el único modelo posible»

08 ene 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

«Cómete todo lo que queda en el plato», «No te sirvas más porque al final lo vas a dejar», «Con las sobras del cocido, mañana preparo croquetas», «Te traigo ropa de tu prima, que ya no le sirve»…

Sin saberlo, mi madre, como prácticamente todas las madres que nacieron en los años 40, era una gran recicladora. Fiel discípula de la cultura del máximo aprovechamiento, siempre decía que no se podía tirar nada, sobre todo porque otros lo podían necesitar.

A mí aquello me parecía un rollo. Prefería que la comida que no me gustaba acabase en un vertedero a que me mantuviese atada a la silla. Y lógicamente no podía estar todo el día delante del plato esperando a que mi estómago hiciese un hueco para las espinacas, el filete o el arroz con leche. Así que, en un descuido de mi progenitora, pisaba el pedal del cubo y allí metía apresuradamente lo que no quería. ¡«Ya acabé, ya acabé!», gritaba pletórica. Aquello suponía una liberación, pero al siguiente día volvía la misma pesadilla, que se acrecentaba todavía más con un acontecimiento que me producía especial estrés: probarme la ropa que a mi prima mayor se le había quedado pequeña.

Cruzaba los dedos para que no me sirviese. Mientras mi madre decía de forma satisfactoria: «¡Qué mona estás!», yo replicaba: «Me aprieta, me queda corto, el color no me combina, me resulta incómodo, esto ya no está de moda». Un pase de modelos que no tenía fin. Porque cuando pensaba que con tres faldas o tres jerséis de segunda mano era suficiente, salían otros cinco pantalones de las múltiples bolsas que colapsaban mi habitación. Y mi cerebro hacía cálculos: «Si al final voy a tener que cargar con toda esta ropa, la que me van a comprar este año va a ser muy poca. ¡Qué desgracia!», exclamaba.

Ante semejante atropello, yo también ponía mis líneas rojas: los libros. Por ahí no pasaba. ¿Utilizar libros de texto manoseados? Ni de broma. Los míos tenían que estar nuevos, impolutos, con olor a imprenta y bien estiraditos. ¡Qué horror encontrar una hoja arrugada o con un borrón! Aquello era como un castigo divino. Me compadecía de algunas de mis compañeras de curso que tenían que soportar esta humillación. Porque, claro, muchos de los libros que utilizaban habían pasado por sus hermanos mayores, que no era uno o dos, sino cuatro o cinco. Solo pensarlo, me causaba estupor.

Por entonces, yo creía que las cosas duraban demasiado. Por ejemplo, el televisor en blanco y negro de la casa de mis abuelos. Aquello era un infierno. ¡La Abeja Maya sin color amarillo! ¡La Casa de la Pradera en tonos grises! ¡Y no era capaz de distinguir los coloretes de Heidi! Yo no estaba dispuesta a hipotecar mis fines de semana de esa forma. Así que, cuando no me veían mis mayores, le daba patadas a la televisión a ver si se estropeaba, pero no había manera. Duró años y años, pero por suerte decidieron cambiar a una en color y evitar de esta forma el trauma que sentía por no distinguir con nitidez las calles por las que circulaba Marco buscando a su madre. Quién me diría a mí que, muchos años después, acabaría por añorar los tiempos de la reutilización. ¡Qué razón tenía mi madre cuando decía que no se podían desperdiciar los alimentos! ¡Qué preciosa era aquella ropa que heredaba de mi prima! ¡Qué encanto tenían aquellos libros un poco arrugadillos y que ya tenían las respuestas a los ejercicios de cada lección! ¡Y qué inteligentes eran mis abuelos al no sucumbir a la obsolescencia programada! Y quién me diría a mí que hoy, como responsable de Comunicación de Sogama, una de mis labores es precisamente contribuir a concienciar a la sociedad sobre las ventajas que la reducción, la reutilización y el reciclaje tienen para proteger el medio ambiente y garantizar nuestro bienestar y calidad de vida, ahora y en el futuro.

  

Cambios relativos

Ha cambiado todo y no ha cambiado nada. La reutilización y el reciclaje siguen siendo dos de los principales instrumentos para salvar al planeta del proceso de deterioro que está sufriendo como consecuencia de la actividad humana. Nuestros padres eran unos visionarios porque, en el fondo, ya estaban liderando el único modelo de desarrollo posible, y que precisamente es el que guía la política empresarial de Sogama: la economía circular. Resulta obvio que la reutilización se repite.