¡Qué cuadro de alcaldes!


Antes de empezar a escribir esta crónica le he dado mil vueltas porque un alcalde siempre pinta mucho en una ciudad. Pinta tanto que enseguida los ciudadanos podemos hacerles un cuadro con un detallismo digno de colgar en el salón del Ayuntamiento. El mío, el que empiezo ahora, tiene un poco de brocha gorda, pero afina en los matices que, con permiso de Muñoz y Cidoncha, puede abrir otra luz a los retratos de nuestros representantes. ¡Qué cuadros! No se les puede poner una pega en la forma, qué expresión, qué ajustadas esas pinturas de dos coetáneos que han trabajado bajo las siglas del socialismo… Y qué diferencia, ¿no? No solo en el precio (18.000 el de Francisco Vázquez, el doble que el de Javier Losada), no.

Lo que fascina es esta tendencia, esta obsesión que les ha entrado a algunos por el uniforme, por engalanarse con bicornios y bocamangas, para pasar a la posteridad como si salieran de El Ministerio del Tiempo. De hecho, al ver a Fernández de Mesa retratado como un general del siglo XIX, pensé que estaba protagonizando un episodio de la serie y que entre todos debíamos organizarnos para devolverlo a su siglo cuanto antes. Con Francisco Vázquez me ha pasado igual. He pensado: o algo me despista o este señor peripuesto con quince medallas y cruces de caballero no es otro que Francisco Vázquez, el conquistador español que viajó a Nuevo México en el siglo XVI y fue nombrado gobernador de Nueva Galicia. ¡Hay que enviarlo a su época!, al destino del tiempo para el que ha nacido, o por lo menos hacerle un hueco en una novela de Pérez Reverte. Pero no. Alguien me ha alertado de que es otro Paco Vázquez, el que llegó a ser «don alcalde», y que ha preferido lucir con las galas de embajador. Y ese mismo alguien me ha dicho que está en todo su derecho. Y claro, me he venido arriba, porque me he imaginado que por ahorro podíamos pagar un retrato conjunto de los alcaldes que reflejara el sentir de esta época. Así Vázquez podría aparecer con su uniforme, Losada con su traje, Ferreiro con sus vaqueros, y Negreira con su jersey anudado al cuello como es propio del sport coruñés.

 De esta manera cuando pasen los siglos se podrá entender estilísticamente el absurdo de este pasado imperfecto. Aunque también he pensado que dentro de unas décadas puede ser que algún exjugador del Dépor, no sé, Lucas Pérez, se meta en política, acceda al consistorio, y ¡plas! llame a Cidoncha para que lo pinte con la equipación blanquiazul y luzca emblemático en el Ayuntamiento. Parece un absurdo, pero no está siquiera a la altura de un alcalde socialista al que mis bisnietos verán como salido de una batalla imperial. Suena descabellado, pero bien visto, quizás Cidoncha haya pintado como nadie el alma de Vázquez, el único coruñés que ha estado tan cerca del cielo. Qué espíritu. Dios.

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