La Sinfónica de Galicia no se toca


Armar una buena orquesta sinfónica es difícil; crear la mejor orquesta sinfónica de España es una tarea ingente, abrumadora, en la que se invierten años y mucho dinero. Casi desde su nacimiento en 1992, el gerente Enrique Rojas y el director Víctor Pablo Pérez se echaron al hombro esa carga. Durante años convocaron audiciones en las que fueron seleccionando a los mejores profesores. Unas veces elegían a cinco, otras, a tres… hasta ir dando forma a un proyecto cocinado a fuego lento y de una gran envergadura, que ha sido mantenido con éxito por sus sucesores.

La Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG) está a punto de celebrar su 25.º aniversario, pero lo hará contando hasta la última moneda. El Ayuntamiento aportará en el 2017 en torno a 3,5 millones de euros, la Xunta parece que pondrá unos 2,5 millones, y la Diputación, que no forma parte del Consorcio de la Música, algo más de un millón. Puede parecer mucho, pero la suma, añadiendo abonos y taquillas, sitúa el presupuesto en los niveles del 2001, y esta es una realidad que, prolongada en el tiempo, hará insostenible la orquesta a medio plazo. Así de sencillo.

Visto el asunto desde fuera, es imposible mantener un proyecto de esta envergadura sin los fondos adecuados, y la sensación es que se hace poco por impedir que la orquesta pueda marchitarse algún día, que sus maestros, seducidos tal vez por ofertas más tentadoras, terminen por irse con la música a otra parte.

Permitirlo, sería el mayor error cultural y educativo en décadas, ya no de A Coruña, sino de Galicia. A lo largo de estos 25 años, la Sinfónica ha creado el Coro, la Orquesta de Cámara, la Orquesta Joven, la Escuela de Práctica Orquestal, los Niños Cantores y el Coro Joven. En estos grupos, muchachos coruñeses tienen el privilegio de aprender con los mejores músicos de España. Es decir, que si alguien piensa a estas alturas en la Sinfónica como en un gueto intelectual reservado a una élite, debería saber que detrás hay un proyecto formativo que está insertado en el tejido social (con todos los colores políticos). Hablamos de cientos de chavales que reciben una formación excelente que, a su vez, enseñarán a otros para ir configurando una cantera extraordinaria.

Dinamitar este proceso sería una aberración musical y educativa que A Coruña, con lo que ha sudado para levantar la OSG, no se puede permitir. Porque aquí ya no estamos hablando de política, ¿o tal vez sí? El inminente pleno de los presupuestos municipales parece un buen lugar para plantear este asunto.

Y mientras, tengan por seguro que otras ciudades confían en que A Coruña flaquee y ceda un día el testigo, para asumir ellas el protagonismo.

Por Alfonso Andrade Coruñesas

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