¿Dónde quedamos?

Unidos por el amor a los perros, a los aviones, al dominó o a la vida sana. La comarca está llena de personas que se juntan para compartir sus aficiones. Estas son sus historias

Grupo de Spotters Coruña que se reúnen para hacer fotos a aviones
Grupo de Spotters Coruña que se reúnen para hacer fotos a aviones

A Coruña

La cara de Alberto Maroto, Aaron Piñeiro, Sergio Vázquez y Gabriel Fernández cuando ven aproximarse un avión a la pista de Alvedro es como la de un niño cuando se encuentra con todos los regalos debajo del árbol de Navidad. Se nota su pasión por los aviones, un amor que, en el caso de Sergio Vázquez, se traspasó de padre a hijo. Los cuatro forman parte de la asociación Coruña Spotters, un grupo de aficionados a la aeronáutica que se juntan en Alvedro para hacer fotos de los aviones que entran y salen del aeropuerto. «Vengo a Alvedro desde que era bebé. En el instituto coincidí con Aaron y, como a los dos nos encantaban los aviones, empezamos a venir con las bicis a ver cómo despegaban y aterrizaban hace seis años», recuerda Sergio. «Tengo grabado el primer día que vine a hacer fotos: el 8 de enero de 2010, cuando tenía 14 años», apunta Alberto. Su pasión es tal que Gabriel acaba de mudarse a Vilaboa a un piso con terraza para ver cómo los aviones sobrevuelan su cabeza cada vez que se aproximan a Alvedro.

Suelen quedar varias veces por semana en el párking del antiguo bar El Aviador, con unas vistas privilegiadas a la pista de aterrizaje. «El mejor día para venir es el viernes, porque es cuando hay más aviones. Podemos estar desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche». La afición no les quita el hambre, así que cuando llega la hora de la comida tiran del servicio a domicilio. «Llamamos al repartidor de pizzas para que nos traiga la comida hasta aquí. Los repartidores no se extrañan al vernos, creo que ya están acostumbrados a encontrarse de todo», comenta Alberto.

Por delante de sus ojos han pasado aviones rusos y el avión del rey varias veces. «El más raro que pillamos fue un triple 7 y una vez vimos el de Andrey Melnichenko». Sus favoritos: los de Spanair. Como en la fórmula 1, el motor sí importa. «Hacían mucho ruido y echaban mucho humo. Los echamos mucho de menos». Tienen una radio para escuchar cuando el avión se aproxima a la pista, es el momento de preparar la cámara y disparar. Todos se declaran «alvedristas». «Siempre volamos desde aquí, tenemos que defender nuestro aeropuerto».

Deporte en compañía

Los fans de los aviones no son los únicos que comparten aficiones en la comarca. En Miño, Rocío Vázquez, Lucía Barrio y Teresa González se unieron por una causa común: practicar deporte. «Las tres salíamos a correr o a caminar por separado y nos encontrábamos siempre en la zona del puerto. Nos conocíamos de vista, del pueblo, pero nunca habíamos quedado antes. Empezamos a hablar y a quedar para ir juntas y desde entonces nunca fallamos», cuenta Lucía Barrio.

En Miño, Rocío, Lucía y Teresa se conocieron corriendo por el puerto
En Miño, Rocío, Lucía y Teresa se conocieron corriendo por el puerto

Todos los días quedan por la mañana o a primera hora de la tarde para correr durante 15 o 20 minutos por el puerto de Miño. Después siguen su ruta caminando hasta el cementerio, vuelta otra vez, y otra caminata más hasta casa. Por el medio, alguna cuesta y muchas risas. «Lo pasamos muy bien. ¡Ponemos el país patas arriba!», exclama Teresa González. «El hecho de ir juntas es un aliciente. Nos animamos y motivamos las unas a las otras para salir a correr. Y, la verdad, es algo que sienta muy bien porque te ayuda a desconectar del trabajo y de la vida diaria», asegura Lucía Vázquez.

Profesoras por sorpresa

Todos los jueves por la tarde, en una de las habitaciones del local social de Guísamo (en el concello de Bergondo), siete mujeres, amigas y conocidas de la zona, sacan su bolsa de manualidades y se ponen a calcetar, a hacer punto de cruz, a coser… «Todas hacemos de profesoras y nos ayudamos unas a las otras. La que sabe más de punto de cruz les enseña a las otras y la que entiende más de costura les descubre los trucos a las demás», explica Ángeles Casal, una de las impulsoras de este grupo de amigas, en el que también están Mari Carmen Cardelle, Rosario Arévalo, Manolita García, Juana Montaos, María Fernández Saavedra y Yolanda García.

Calceta y punto en el local social de Guísamo
Calceta y punto en el local social de Guísamo

Mientras unas calcetan trajes de bebés para los futuros hijos de sus sobrinas, otras bordan flores sobre manteles o colocan puntillas a una camisa nueva. Todo acompañado de una taza de café y unas pastas. «Hablamos mucho, pero no competimos entre nosotras. ¡Aquí venimos a pasarlo bien!», destaca Rosario.

La partida de la tarde: una tradición que no se pierde

Si algo unió y seguirá uniendo a la gente son los juegos de mesa. Desde las cartas hasta el dominó. A esto último es precisamente a lo que se juega todas las tardes en la cafetería Brigantium, en la calle de la Cruz Verde de Betanzos. Allí se juntan muchos de los vecinos que no perdonan su partida diaria de dominó.

La tradicional partida de cartes en el Bar Brigantium
La tradicional partida de cartes en el Bar Brigantium

Desde fuera se puede escuchar ya el sonido de las piezas chocando contra la mesa. «Es un juego muy bonito», cuentan Paredes, Manolo, Emilio y Lolecho concentrados en la partida que tienen entre manos. A veces hay más de una mesa de jugadores. Y mientras unos mueven las fichas, otros miran desde lo alto.

Y la pasión por la lectura las unió

«Algunhas levamos vindo ao club 20 anos». Carmen, Nina, Elena, Mila, Pura, María, Cecilia, Pilar, Cris, Dina, Rachi, Luz y Carmen se juntan cada dos semanas, por la tarde, en una casita anexa a la biblioteca Rialeda de Perillo. Allí, durante dos horas, destripan novelas de amor, policíacas, de actualidad, libros de poesía, obras de escritores gallegos e internacionales, las últimas novedades, premios Nóbel y también algún clásico. A finales de noviembre tocó Adiós, Hemingway, de Leonardo Padura. Parece que hay consenso: la obra estuvo bien, pero sin más. ¿Alguna que recuerden con especial cariño en todo este tiempo? Unas se acuerdan de El último encuentro, Salir a robar caballos, La vida las mujeres, La mancha humana o A Esmorga. «Venir al club de lectura es distinto, te hace leer las obras de otra forma diferente. Por ejemplo, la mayoría ya habíamos leído Cien años de soledad cuando teníamos 18 años y ahora la volvimos a disfrutar, pero de otro modo, mejor incluso», cuentan. Muchas ni se conocían y fue su pasión por las letras lo que las unió.

Integrantes del Club de lectura Rialeda en Oleiros
Integrantes del Club de lectura Rialeda en Oleiros

No es el único club de lectura que hay en Oleiros. En la biblioteca Rialeda hay tanta demanda que se tuvieron que dividir los participantes en dos grupos, A y B. A este se suma el de la biblioteca Rosalía de Castro, de Santa Cruz. «Moitas veces as prazas para os clubs de lectura cúbrense no mesmo día. Sempre hai lista de espera», explica la coordinadora de las tertulias y responsable de las bibliotecas, Mari Luz Corral. La programación se cierra antes de que empiece la actividad, se divide por trimestre y siempre combina obras difíciles «con outras máis suaves». En total, 12 libros. Por el medio, algún juego para que la gente se suelte y se transforme en su personaje liter0ario favorito. «Tratamos de que sean amenas; como anécdota nun encontro con un escritor unha das participantes dixo que a súa novela tiña un erro histórico. O escritor tomou nota e cambiouno na siguiente edición», recuerda Corral.

Entre los libros que más debate generaron en los clubs, la responsable de las bibliotecas señala La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina. «Todos os relacionados coa Guerra Civil xeran bastante polémica».

Amores perros los domingos en Orro

Desde hace casi un año, para este grupo de amigos el domingo es sinónimo de dos cosas: perros y tapa de tortilla. En una finca de adiestramiento que les cedieron en Orro, Culleredo, se juntan por la mañana con sus niños y sus mascotas para disfrutar de una clase de entrenamiento. Como recompensa por el trabajo realizado y los logros conseguidos durante la semana, después de las clases caminan unos metros hasta llegar al restaurante O Sombreiro, donde se sientan en la terraza y piden tapas de tortilla para todos. 

El grupo de amigos humanos y caninos, durante una de las clases
El grupo de amigos humanos y caninos, durante una de las clases

«Conozco al adiestrador, Javier, desde hace diez años. Se puede decir que los perros fueron los que nos unieron a todos los que nos juntamos los domingos», cuenta Mónica Cubeiro, una de las impulsoras de estas reuniones. Con Mónica y Javier Fernández están Eva Linares, Ana Díaz, Elisabeth Martínez y Christian Martínez, además de los pequeños de cuatro patas, que responden a los nombres de Jimbo, Gordon, Ariel, Lis, Noël, Chloé, Bora y Dubai. «Nos lo pasamos realmente bien y aprendemos mucho. Lo más importante aquí es el vínculo que se crea entre los niños y los perros», apunta Mónica. «Los animales son antidepresivos y estos encuentros, siempre que el tiempo lo permite, los disfrutamos mucho», cuenta Eva.

La comarca se presta para una vida perruna, y a veces, además del encuentro en Orro, también hacen excursiones por la zona. «Por ejemplo, en verano los llevamos al río a nadar para que los perros que no sepan aprendan y se familiaricen con el agua», explica el educador Javier Fernández.

¿Y a quién es más difícil enseñar, a los dueños o a los perros? «A veces a los dueños. Los perros se dejan llevar y aprenden lo que ven en casa», asegura. Para tratar de involucrar a los más pequeños en el cuidado de los animales, Javier intenta que los encuentros del último día de la semana sean lo más amenos posible. «Tienen que pasárselo bien y ser conscientes de lo que conlleva tener un perro», dice.

Cada prueba superada es un trocito de salchicha para los animales. Para los mayores es el momento de la tapa de tortilla, de la desconexión. «Esta reunión nos sirve para hablar de lo que nos une, de los perros, de su educación…», cuenta Javier.

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