Las palabras esdrújulas tienen mucho prestigio. Por ejemplo, no es lo mismo tener un forúnculo que un grano. Dónde va a parar. Las esdrújulas adornan el discurso, hacen que el interlocutor, acongojado, se parapete bajo la mesa de la terraza, por si le cae una tilde rebotada después de pillar tantas sílabas de carrerilla. Si uno desenfunda una palabra esdrújula ya se ha ganado por lo menos el silencio de la concurrencia. Estos días anda suelta por la ciudad una de estas esdrújulas salidas de madre. Es el temible gálibo. Ahora mismo paseas por María Pita y dices algo del gálibo y a los concejales y técnicos municipales les entra un extraño temblor de piernas. El problema del gálibo estriba, en primer lugar, en que es una palabra esdrújula, y eso ya hace que uno se la tome en serio aunque no sepa de qué demonios está hablando. Y, segundo, que en el caso del gálibo el tamaño sí que importa, lo cual desmiente todos los tratados de sexología setentera que algún iluso se había llegado a creer.
El gálibo ha salido del diccionario porque últimamente se ha puesto de moda que los camiones, las furgonetas y los autobuses se queden atascados en el túnel de María Pita. Y a esa costumbre de algunos conductores -suponemos que foráneos- de empotrar sus vehículos contra el techo del túnel de María Pita y la Marina le buscan explicación los ediles diciendo que no respetan el gálibo. El gálibo, para aclararnos, viene a ser la altura máxima de los vehículos que puede digerir el túnel, así que lo que está pasando en el subterráneo que ronronea bajo la Marina y María Pita es que cada vez hay más autobuses, furgonetas y camiones que se meten por allí a ver si cuelan, siguiendo las viejas máximas autóctonas del «malo será» y «ti vai facendo».
El problema de que los autocares y otros vehículos de envergadura se pasen el gálibo por el arco del triunfo es que el «malo será» acaba siendo y el atasco que se forma en el túnel le puede llegar a la ciudad hasta los Castros. En el interior del túnel hay unas cadenas muy monas que indican el famoso gálibo, pero claro, cuando el bicho ya está metido allí dentro y toca con las cadenas ya no se puede hacer mucho por evitar que el gálibo acabe saltando por los aires junto al tejadillo del camión y tuberías varias.
Puesto que esto del gálibo se nos está yendo de las manos, a mí lo único que se me ocurre es aplicar el lema clásico: si no puedes con tu enemigo, únete a él. Así que aprovechando la llegada masiva de viajeros, cruceristas y otros humanos de importación, el empotrado de vehículos en un túnel tan céntrico y vistoso se podría convertir en un espectáculo turístico más de la ciudad donde nadie (ni siquiera el denostado gálibo) es forastero.