El baile del figurante

Decenas de personas participan en el casting de Voz Audiovisual con el objetivo de ganarse unos eurillos, vivir una experiencia o simplemente pasar el rato


a coruña / redacción

Son las once de la mañana y el sol cae ya a plomo a la entrada del edificio de Voz Audiovisual en el polígono coruñés de A Grela. La empresa ha convocado un casting y los aspirantes se apelotonan en el pequeño vestíbulo huyendo del calor despiadado que azota el verano gallego. Todos tienen un número en la mano. A esas alturas van por el 35.

José Manuel es de los pocos que esperan fuera: «Yo ya estuve en tres series y en una peliculilla», explica mientras sujeta a su perro, Charli: «También se presenta, ja, ja». Tiene 36 años, es coruñés, albañil y dice que se tiene que apuntar a todo, porque el trabajo escasea: «Además, aquí te tratan de maravilla. Te llevan, te traen, cátering abierto... Y te pagan por el convenio de actores. Cada día que trabajas son dos menos para jubilarte». José está hecho un profesional de la figuración: Serramoura, Terras de Miranda, Lobos sucios... Dice que casi siempre le toca hacer de malo: «Me tienen encasillado», lamenta.

No todos son tan optimistas como José. María sale a toda velocidad. «Ha ido bien, sí. Supongo», dice después de haber pasado la entrevista. ¿Por qué ha venido? Necesita dinero: «No me llaman de ningún sitio. El curso que viene me voy a ir al extranjero a ver si tengo más suerte». La rapaza, que tiene 21 años, ha terminado Derecho en la UDC y le queda un curso de Políticas en la UNED. No tiene experiencia en la interpretación, pero sí diez años de violoncelo. Y unos ojos muy bonitos. «Tengo que hacer algo, porque mis padres no pueden gastar más dinero en mí». Parece mentira que con semejante currículo, se encuentre en esa situación. Le deseo suerte y me arrimo a un tercer aspirante. Se llama Andrés, tiene 22 años y ha venido con su madre, una señora rubia que ha preferido esperar dentro: «Estuvimos en el otro casting, hace dos semanas, pero no nos llamaron. A ver si en este». Andrés parece un poco nervioso. Le pregunto qué le gustaría interpretar. Algún malo, tal vez. Se queda pensando y decide que sí: «Sí, creo que podría hacerlo». Pero tiene cara de bueno y se lo digo. Vuelve a pensar y me da la razón: «Es que en realidad soy bueno».

Cada poco sale una chica que llama a los aspirantes de cinco en cinco. Los lleva por un pasillo y los sienta alrededor de una mesa a la puerta de un estudio: «No está mal el ritmo para tratarse de un día de playa», comenta: «Seguramente pasaremos de los cien».

Dentro del estudio

Dentro está Marta, la responsable de figuración que frente a un escenario blanco pregunta a los aspirantes por su experiencia en el teatro, su experiencia sanitaria (la selección es para una serie que se desarrolla en un hospital) y su disponibilidad. Y les saca unas fotos. Me acomodo para ver a algunos aspirantes y, aunque no soy más que un espectador mudo del proceso, me siento como Scorsese supervisando un reparto. Mola. La gente cuenta cosas inesperadas frente a preguntas sencillas:

-¿Experiencia en el sector sanitario?

-Tengo un primo fisioterapeuta.

Otros relatan dilatadas y lamentables enfermedades: «Sin haber estudiado Medicina, debo de ser uno de los chicos de mi edad que más sabe de hospitales», relata con una cierta tristeza un chaval.

Las fotos son lo más parecido a una ficha policial. Con el número y sin él. De frente y de perfil. En un momento dado, entra Andrés, el joven indeciso y se somete al breve ritual hasta que Marta le pide la última foto: «Ahora contaré hasta tres y te giras poniendo la cara que quieras».

¿Qué cara creen que puso?

De malo, claro. Y le salió bien.

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