Los Will Grigg de Riazor


Me interesan mucho más los perdedores que los ganadores. Ganar es sencillo. Pero para perder hay que tener clase, épica y vocación. Porque la auténtica posteridad es la del perdedor. Que se lo pregunten a Djukic, que lleva 22 años tirando un penalti que no se acaba nunca. Esto de que perder es mucho más interesante que ganar ya lo dijo con más estilo Tolstói en el arranque de Ana Karenina: «Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera». Acabáramos.

Por eso nos gustan no los héroes, que con sus superpoderes y su ventajismo aburren a las ovejas, sino los antihéroes, esos tipos a los que la corriente de la vida va arrastrando de la cuneta al arroyo alternativamente. El héroe de esta Eurocopa, como nos contó aquí Mariluz Ferreiro, se llama Will Grigg. El delantero del Wigan se fue hasta Francia para jugar el torneo con la selección de Irlanda del Norte y se ha convertido en el icono de su equipo sin jugar ni un partido ni meter un gol. ¿Por qué? Por la canción que un entrañable friki, aficionado del Wigan, colgó en la red, versionando al grito de Will Grigg’s on fire el tema noventero Freedom for Desire de la italiana Gala. Irlanda del Norte ya ha caído, pero Will Grigg’s on fire se ha quedado como el himno oficioso de la Eurocopa.

Chuchi Hidalgo en su época de entrenador de fútbol en Ourense
Chuchi Hidalgo en su época de entrenador de fútbol en Ourense

En A Coruña, en la larga travesía del desierto de los ochenta, tuvimos nuestros Will Grigg en Riazor. A veces ni siquiera goleaban como el delantero del Wigan, pero la grada coreaba su nombre para levantar el ánimo y pasar la tarde, que a veces se hacía larga cuando el cero a cero se engatillaba en el marcador. Un veterano tribunero me dice que el auténtico Will Grigg del Deportivo de aquellos tiempos era Chuchi Hidalgo, aunque nadie se acuerda de Chuchi Hidalgo, sino de Chuchi Van Basten, que era como le llamaba la bancada, para ver si se le pegaba algo de aquel glorioso punta holandés. Cuando Arsenio mandaba calentar a Chuchi en la banda, la grada se venía arriba al grito de «¡Chuchi Van Basten!», que era algo así como el «Lasarte saca el machete», pero en fino. A Riazor siempre le ha gustado vacilar al personal en lugar de silbar, que queda feo y llorón. A Parrocho, sin ir más lejos, le chillaban un «uy» muy largo y con mucho suspense cada vez que hacía un parada facilona o salía de puños (Jorge era muy de usar el puños fuera, sería porque Mazinger Z estaba de moda). Otro Will Grigg al que invocaba Riazor era Mariano, al que le cantaban gol cuando centraba y, en lugar de a portería, apuntaba a la torre de Maratón.

Luego lo ganamos todo y fuimos muy felices. Pero todavía añoramos a Chuchi Van Basten, a Parrocho y a Mariano. Eran nuestros Will Grigg on fire.

Por Luís Pousa CORUÑESAS

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