Trabajo ha costado. El calendario electoral y el de la Administración local a veces se parecen como un huevo a una castaña. Así que una de las pocas ventajas de la repetición de las elecciones es que por fin voy a poder votar como cualquier CTV (al menos físicamente, el resto vaya usted a saber). Pero con la tarjeta del censo no me ha llegado todavía el carné de socia de la ciudad. Sospecho que tengo el examen gafado en uno de sus puntos fundamentales: estoy transparente.
La desidia de mis melanocitos está al nivel de la pereza con la que parecen desfilar los señores candidatos estos días. Que alguno me jura que los ciudadanos se dan la vuelta antes de saber a qué partido pertenecen. Así anda la melanina por mi cuerpo, como un candidato obligado a repetir una campaña, intentando captar un rayo de sol que le hace la cobra cada vez que aparece. Eso cuando aparece el sol, que ya me contarán cómo hace el personal con ADN riazoriano, orzaniano y mataderiano para lucir moreno a la mañana siguiente del primer día de sol después de un invierno igual de gris que el que amenaza a Jon Nieve desde hace seis temporadas.
Es de una precisión inquietante. Pongamos (es un decir) que el 20 de mayo salió un poco el sol. Un poco. Como veinte minutos. Misteriosamente, el 21 de mayo una legión de coruñeses y coruñesas lucían tobillo dorado, brazos dorados, mejillas doradas. Esta blanca palidez con la que convivo me delata: voy a suspender otro verano más. La arena fosforescente de Riazor se tira por el suelo cada vez que intento competir a ver cuál de las dos está más blanca. Sospecho que los batallones de adolescentes que se tuestan en el muro también.
A quién quiero engañar... cuando empieza la primavera soy como una victoriana que acaba de salir de un internado para señoritas. Si existe un manual para ser parisina aunque hayas nacido en Móstoles, en el libro de instrucciones para parecer de los Castros así seas de Toledo tiene que figurar un capítulo dedicado a la activación instantánea del moreno. Porque no hay edad que se resista. Las adolescentes están morenas. Las de 30 también. Hay una invasión de señoras estupendas con su rostro tostado tomando cañas en las terrazas con sus amigas. Todas igual de tostadas. La culpa de todo la tiene Coco Chanel y aquel verano en la Riviera. Y sospecho que un aluvión de máquinas, potingues y técnicas para dorar las piernas a pesar del verano versión Rías Altas, que como todo el mundo sabe, no es como el de los anuncios de El Corte Inglés. Ni como el de las Rías Baixas. Pero me pregunto, un año más: ¿por qué esa misma maquinaria de bote no funciona con los melanocitos foráneos?