Las elecciones se ganan en el centro. La conclusión es uno de los grandes axiomas del esqueleto teórico de la democracia española, una revelación antropológica que supongo se alumbró en el paritorio de la UCD y que encierra en sí misma una virtud inapelable: vale para todo. Valió en el siglo XX, cuando se buscaba un punto de encuentro, pero también vale ahora, cuando la indefinición es la mejor garantía del éxito político. Vale, por ejemplo, para definir el perfil de un ciudadano convocado el otro día en la radio para explicar por qué anda estos días indeciso. Confesó: «Yo voté a Felipe, a Aznar y ahora dudo entre Podemos y Alberto Garzón». El propio Albert Rivera ha tenido tiempo de ser del PP, del PSC y de CiU. Una peripecia ideológica que puede parecer asombrosa pero que demuestra que el estudio de mercado realizado por los nuevos partidos cuando llegaron era atinado: los votantes son hoy consumidores que se van a gastar la pasta con la marca que haga la mejor campaña (publicitaria).
Hoy los partidos se parecen más a la Coca Cola que a la Liga Comunista Revolucionaria, a un gran almacén con ofertas transversales para todos los públicos que a la sede de un universo ideológico coherente y definido. Uno de los mandamientos comerciales más inapelables propone que los discursos de marca sean amplios, ambiguos y mullidos para satisfacer por igual al dueño del castillo y al habitante de sus mazmorras. Por eso en las estanterías de las sedes de esta nueva política hay más manuales de márketing que de Marx. Si uno teclea Pablo Iglesias en Google la primera entrada del gallego que fundó el PSOE aparece en el puesto 24. Antes el buscador nos enseñó a Celia Villalobos diciendo: «Fui a invitar a Pablo Iglesias a café y por poco me escupe».