Cuando jugábamos en la calle

En la plaza de Maestro Mateo se inventó la modalidad del fútbol en cuesta

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En otros tiempos, cuando no criábamos niños-burbuja, de vez en cuando volvías del colegio a casa con un hueso roto. Un brazo. Una pierna. La nariz. Ni siquiera llamaban a tus padres para avisar. Simplemente bajabas del bus con una escayola firmada o con siete puntos de sutura en la cabeza, orgulloso de tu hazaña, hasta que te soltaban una colleja.

-Para que aprendas.

Para que aprendieses a no partirte los huesos y a no abrirte el cuero cabelludo en vano. Y sobre todo, para que no volvieses a casa con el pantalón del uniforme hecho jirones.

Eran los últimos setenta o primeros ochenta, cuando los parques infantiles se llamaban descampados y no estaban acolchados con caucho de colorines, sino con gravilla y charcos, muchos charcos. Había charcos para aburrir en aquella Coruña del 80, no sé si es que llovía más que ahora o es que el pavimento estaba eternamente sin remendar, pero los charcos eran marrones, terrosos, y si pisabas uno te arriesgabas a no hacer pie en aquella fosa. Como no parábamos de correr ni para tomar la merienda, a veces caía una loncha de chorizo en el charco y desaparecía bajo las aguas turbulentas, como el monstruo del lago Ness. Sin dejar rastro. Los más osados hasta metían la mano en el agua, para ver si rescataban la loncha, porque se ve que no había tantos virus y bacterias como en el 2015. O tal vez te las sacaban de un revés, por si acaso. Entonces los padres y los profesores te zoscaban por si acaso.

-Que yo no he hecho nada.

-Por si acaso.

Y te callabas, porque cuando un adulto hacía el amago de echar la mano a la zapatilla era como cuando los pistoleros acariciaban la culata de su revólver. Era mejor estarse quieto y, sobre todo, callado.

Antes de Palexco y la Nintendo DS, se jugaba en la calle a modalidades deportivas que se inventaban sobre la marcha, adaptándose al terreno. En Alfredo Vicenti y alrededores, donde quedábamos con los amigos para atizarnos unos goles o unos sopapos, según cuadrase, una de las especialidades era el fútbol en cuesta en la plaza de Maestro Mateo. Allí se encontraba la Academia Galicia, uno de esos colegios que un día estaba y al siguiente ya no estaba, porque habían levantado en el solar otro bloque de viviendas de lujo. Pasó también con las Josefinas, que dejaron a las niñas con sus carteras de la merienda en la acera mientras las grúas ya levitaban sobre el bum inmobiliario.

El bum también se llevó por delante el hermoso edificio de Fenosa, unas oficinas muy yanquis, muy de su tiempo, para poner en su lugar una mole de galerías falsificadas que todavía anda en los tribunales, demolición sí, demolición no (a este paso va a llegar el pleito al Tribunal de Derechos Humanos de La Haya).

Además del fútbol en cuesta, en Maestro Mateo y en los solares todavía vírgenes de Luciano Caño y así se practicaban disciplinas como el lanzamiento de compases, la guerra de terrones o las pedradas libres. Los más osados se asomaban a la escalera iluminada de rojo del pub ML o LM (no me acuerdo) para intuir el vicio que se cultivaba en aquel sótano maldito, hasta que se oía el grito de la madame tres peldaños más abajo y entonces el niño ya pasaba automáticamente a pulverizar el récord de los 200 metros obstáculos.

También se esfumó Cristalería Martín, grabados al ácido y espejos decorados, y aquel pub de Fernando Macías que estaba en un sótano, que se llamaba Nacional VI o algo así, y que tenía un aire de guateque setentero.

Ya no está tampoco La Vinícola, una tasca de las de pelo en pecho, de barrica y encimera de mármol, donde nos tomamos las primeras cañas para hacernos los hombres, tratando de imitar a los machos alfa del local, que hablaban poco y escupían mucho. De pronto dejaban el vino en la barra, salían a la puerta y lanzaban un lapo a gran distancia, como tratando de encestar en un charco o un bache. El lapo olímpico.

Sigue en pie, pero ya tuneado de vinoteca modernilla, el Taboo, peña liceísta histórica, y, ya en otro plan, en la misma acera de La Vinícola, está el Bocatín, donde para mucho el gran Nonito Pereira. Nonito, que llevaba el Playa cuando había un pingüino en la discoteca, tiene una jukebox en la cabeza, y si le pides una canción, te la pone, lo mismo da que sea Sinatra o Smashing Pumpkins.

En Comandante Barja ya no está el Valle-Inclán, el cine favorito de cuando se iba al cine, donde a la entrada te daban una fotocopia con la ficha de la película y un texto de cineclub detallando quién era Spike Lee o Alain Resnais. Ahora el Valle-Inclán es el Garufa, que se ha largado de la Ciudad Vieja a Riazor. En la calle San Francisco, el viejo Garufa ahora se llama La Casa de las Naufraguitas y a veces Pablo Gallo pinta allí a ciegas, invocando el fantasma de Valle-Inclán (precisamente) y su pipa de kif.

Alfredo Vicenti es una calle con muchas esquinas, de manzanas cortas, para que den más tiendas esquineras, como Motos Galán, que de chavales era el escaparate donde no parábamos de soñar con cilindros y neumáticos, o la mercería de Comandante Barja, donde todavía venden verduguitos y camisetas de asas. En la misma acera un librero sabio ha estampado en su cristal la frase definitiva:

-Se necesitan clientes. No hace falta experiencia.

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