Ya son casta, mal que les pese. Llegar al poder y conservarlo es una obsesión para todos los que tienen ambición de transformar el entorno que les rodea. En la última semana, hemos conocido como las distintas familias de Podemos se enzarzaban por el cariño, o la falta de él, de los poderosos líderes del partido que ha revolucionado la política española en los últimos doce meses. Cuatro aspirantes luchan por la secretaría general: Isabel Faraldo, que encabeza la corriente Claro que Podemos, la bendecida por la oficialidad, Isaura Rey, Yordan Casamaña y José Luis Fontecha, estos dos últimos a título individual. La visita de Carolina Bescansa fue entendida por los críticos como un desafío y los reproches comenzaron a sucederse. Tanto, que hasta hubo quien propuso cazar al «topo» filtrador a los medios. Como en los partidos clásicos, lo más fácil es culpar al mensajero. El papel del secretario general electo es clave para definir la política de alianzas de cara a las municipales si finalmente se confirma que el partido revelación descarta concurrir. Y en esa tesitura esta la Marea Atlántica, que sigue haciendo reuniones sectoriales con una participación cada vez más reducida a expensas de conocer si son los beneficiarios del apoyo de Podemos. De momento, ya han recibido el de Anova. ¿Pero no era un movimiento ciudadano ajeno a los partidos políticos?