Una plaza demasiado nerviosa

Eusebio da Guarda y su levita sobreviven a la reforma sin fin de su entorno

Don Eusebio ha vuelto al cobijo de su instituto y de sus escuelas.
Don Eusebio ha vuelto al cobijo de su instituto y de sus escuelas.

La Voz

La plaza de Pontevedra es ese rincón de la ciudad que, por muchos años y concejales que pasen, nunca acaba de estar terminado. Ningún alcalde se ha quedado a gusto con la plaza y por eso, cada dos por tres, llega un nuevo edil, con el ímpetu irrefrenable de los novatos, y la reinicia, la pone patas arriba, a ver si de una vez por todas la plaza encaja consigo misma y se está quieta.

Un día hasta cambiaron de sitio el Manhattan, que cuando yo era niño estaba junto al mamotreto de las delegaciones de la Xunta (o de lo que hubiese antes de la Xunta) y luego se lo llevaron volando hasta convertirlo en una curiosa glorieta-cafetería.

Hace treinta y pico años el Manhattan estaba en la entrada de la plaza por San Andrés, junto a un pequeño quiosco, una acera en la que los chavales cazábamos hormigas con el azúcar que le sobraba a nuestros padres del café con leche y una escalera que subía a lo que entonces era la plaza propiamente: una desoladora explanada de hormigón donde lo más artístico que había eran, de largo, las pintadas con las que los grafiteros iban tatuando el cemento debajo de un tejadillo donde dormitaban los camellos y los yonquis de principios de los ochenta.

Era una plaza hostil, setentera, en la que nadie paraba porque no tenía sentido detenerse allí, en medio de un tráfico que ya entonces era infernal. Lo que a mí me gustaba de aquella plaza inhóspita era una gran palmera que había a la entrada del párking y, sobre todo, la estatua de Eusebio da Guarda de levita, al que tampoco han dejado quieto durante estos lustros de reformas sin fin. Cuando yo era pequeño estaba, como ahora, entre el colegio y el instituto (entonces Femenino), y apuntaba con su dedo en alto, en plan Colón, hacia Riazor, lo que a mí me valía para darme el pego y decir que señalaba el camino a mi casa. Luego, en la enésima remodelación de la plaza, don Eusebio acabó plantado en una esquina y su dedo apuntaba desnortado a alta mar. Y ya en este último retoque, más humano, Da Guarda regresó al cobijo de su instituto, de sus escuelas.

Volver al Manhattan es como subirse al DeLorean de Michael J. Fox y el científico majareta de Regreso al futuro. Uno puede pedir el mismo mosto con guinda de hace treinta años e incluso tomar el pincho de croquetas y tortilla que ya habíamos tomado a los diez años, cuando nos cansábamos de subir y bajar las escaleras de la plaza para pillar aquel único y desmadejado columpio que había que ganarse a guantazos.

Al menos ahora hay dos columpios en la plaza. Pasar en treinta y pico años de uno a dos columpios debe de ser eso que llaman el progreso, la modernidad.

En las mesas de alrededor están todavía las mismas señoras, que igual que hace tres décadas acaban de salir de la peluquería, de hacerse la permanente del viernes por la mañana (de una mañana de 1980, para entendernos). Solo falta aquella enorme máquina de marcianitos que estaba cerca de la puerta, Space Invaders o así, cinco duros la partida, aunque yo era más de cazar hormigas en el mundo exterior que de matar alienígenas de salón en el Manhattan.

Por el Manhattan andaba mucho El Perchas, uno de esos tipos que imprimen carácter a una ciudad y que marcan la diferencia entre una urbe con leyenda y poso histórico y una simple colmena desmemoriada.

El Perchas nos dejó en el 2001 y, como la vida pega más vueltas que un torero y yo ya estaba dándole a la tecla, me tocó hacer su necrológica. El director me regaló el titular: «Vivió para que lo mirasen». Y yo me acordé de que, cuando tenía ocho o nueve años y lo miraba en el Manhattan, con su traje crema de muchas hombreras y sus gafas de sol, y fumando su cigarro en una boquilla larguísima, casi cinematográfica, la verdad es que El Perchas me daba un poco de miedo, porque a mí me parecía un personaje escapado de una peli de gánsteres o así, aunque en realidad era un bondadoso ingeniero técnico de Fenosa que se llamaba Vicente Vázquez Garza.

Tenía un caminar extraño, como si estuviera montando a caballo y el jamelgo se hubiera largado de repente a otra peli del Oeste, y entre sus andares y su ropa de Miami Vice (pero mucho antes de que se rodase Miami Vice) se ganó el mote. Es lo que tiene ser un pionero. Llegó con sus hombreras, sus botas rojas y sus trajes blancos antes que Sonny Crockett y, en lugar de crear tendencia, como se dice ahora, se ganó un sambenito. A veces acertar antes de tiempo resulta un problema.

Cuando había concierto en el patio del Femenino -que ya no era el Femenino, igual que el Masculino ya no era el Masculino- en la plaza de Pontevedra se liaban a mamporros los punks, los mods, los rockers y los heavies, que solo se ponían de acuerdo para apalear concienzudamente a los posmodernos, que iban por ahí escuchando a Golpes Bajos, muy sombríos y pálidos, como si acabasen de salir de la batcueva después de un largo y crudo invierno. Lo que pasaba era que llevaban puesto, bajo la chupa de cuero, el invierno de su descontento, igual que aquel rey de Shakespeare.

Una noche tocaron en aquella plaza de cemento puro GNR y Radio Océano y también llovieron los palos, hasta hubo sus más y sus menos entre los grupos y un público muy alborotado. Eran los ochenta y aquella movida que salía mucho en la tele, en La edad de oro y así. Tiempos convulsos.

Como esta plaza nerviosa, que nunca se está quieta y que algún día, cuando A Coruña esté acabada del todo, habrá que desarmar para luego volver a armarla.

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