Donde el atasco es un arte

A CORUÑA

A Coruña, con su doble y triple fila, es el paraíso del embotellamiento

05 jul 2014 . Actualizado a las 11:56 h.

Ya casi nadie se acuerda de cuando éramos ricos y, según los profetas del pasado -esos que nacen con una calculadora científica incrustada en el alma-, tomábamos birras y comprábamos camisetas de asas Abanderado por encima de nuestras posibilidades de sureños descamisados.

Va a ser que lo soñamos todo, porque tampoco es que al llegar a casa tuviésemos que apartar a patadas los lingotes de oro que la cativa había dejado tirados por el suelo, entre las canicas del chino y el balancín desmadejado de Ikea.

Pero lo que sí es cierto es que en medio de aquel despelote inmobiliario, durante el que algunos compraban y vendían casas como si fuesen cromos de Panini, casi había en la ciudad más coches que coruñeses, y los automóviles engordaron tanto, se volvieron tan obesos y opulentos, que ya no cabían en las plazas de garaje de antes del pelotazo.

Cuando se supone que éramos ricos hubo mucho lanzado que se compró un adosado en las afueras para fardar. Entonces si no tenías un adosado, un chalé o al menos un fin de semana eras un pringado, un paria, un nadie. Y el adosado, que creció como un hongo mágico por la comarca, multiplicó también los vehículos y el éxodo diario. Pero entonces el progreso se contaba en fajos de billetes de 500 con gomita. El progreso se medía, a bulto, por el número de grúas y por los kilómetros de atascos que se montaban para entrar y salir de la ciudad. A más anhídrido carbónico, más progreso.

Con la crisis, la hecatombe, el austericidio o eso, la peña dejó el coche en casa y los tubos de escape guardaron un minuto de respetuoso silencio. No sé si es que el conductor no podía pagar las letras del bólido, si cayó en depresión por los reiterados fracasos de Fernando Alonso en Ferrari, si quería ahorrar en gasolina o si ya no tenía parné ni para pasar la ITV, pero las calles se llenaron de carros abandonados, con sus hierbajos y sus flores dentro del capó.

Pero, como todos los espejismos, aquello no duró mucho. Y ahora, tampoco sé muy bien por qué, han vuelto los humos, los embotellamientos, el follón al mediodía en Alfonso Molina y el Pasaje. Debe de ser que la pasta gansa, eso que los catedráticos llaman producto interior bruto, ya está de nuevo rodando en la ruleta rusa de la macroeconomía. No han vuelto las procesiones laicas de Audis por Juan Flórez, tampoco es para tanto, pero sí se ven de nuevo muchos Opel Corsa y muchos Citroën Picasso de segunda mano trotando sobre la calzada sin remendar (aún no hay guita para zurcidos).

Y así vuelven los coches a encimarnos, un neologismo que se sacó de la manga Arsenio o David Vidal (no me acuerdo).

-Cómo nos enciman estos tipos por las bandas. Qué bárbaros.

Un coruñés al volante es muy encimón, muy de pisar con sus ruedas delanteras el paso de cebra (e incluso a la cebra, si se deja) para que quede bien claro que la calle es del motor de explosión, no del recluta de infantería.

Vuelven los bocinazos, porque el coruñés, además de encimón, también es muy pitón. Y resucita, en la rotonda y el cruce, la tangana, la bronca y la faltada y la peineta arrojadas desde el parapeto de la ventanilla. Pero normalmente el roce no pasa de ahí. En A Coruña es raro ver eso tan frecuente en las grandes ciudades, donde, tras un pique al volante, un tipo se baja del coche con un bate de béisbol y le parte el parabrisas al otro, para que vaya midiendo sus palabras y sepa con quién está hablando. Aquí somos más de amago, de vacile.

-A ti te tocó el carné de conducir en la tapa de un yogur, landrú.

En Madrid y Barcelona, además de partir los parabrisas con bates de béisbol, es costumbre montar un colapso circulatorio cada dos por tres. Es lo que tiene la civilización, la cosmópolis, que todo es a lo grande. Organizar un embotellamiento en Madrid o Barcelona no tiene mayor mérito. Agarras cien o doscientos mil vehículos, los enchufas todos de un tirón en una arteria bien grande, qué sé yo, la Diagonal o la M-30, y ya está liada parda. Pero en A Coruña el atasco hay que trabajarlo artesanalmente, hay que levantarlo a pulso, con un municipal en el cruce soplando el silbato hasta la afonía y moviendo mucho las manos en todas direcciones, para no dar pistas al automovilista de por dónde tiene que ir. En esta ciudad una retención como Dios manda, de las de foto en portada a cuatro columnas, es como un castillo de naipes: a poco que el guardia ordene sus ideas, se abra un semáforo o una vía alternativa, el colapso se viene abajo.

Por eso el atasco coruñés hay que cuidarlo, mimarlo, incluso regarlo, como cuando plantábamos un guisante en el parvulario. Si uno se curra una congestión de vehículos con muchos charcos y baches en la calzada, el atasco luce mucho más y puede durar horas, incluso días.

La gran ventaja que tiene A Coruña para organizar retenciones, eso sí, es que si aprietas la cintura de avispa que tiene entre los Cantones y el paseo marítimo, la asfixias sin remedio. Si es domingo y cortas los Cantones para una exhibición de pádel, y dejas el paseo seco con un meeting internacional de marcha atlética, a San Andrés le llega la congestión hasta la mismísima campanilla. Es lo que se llama geoestrategia y de eso, en el Ayuntamiento, saben mogollón.

Pero también en los atascos hay matices. En A Coruña hay embotellamientos de entrada y de salida. Hay, como en las carreras de fórmula 1, atascos en seco y sobre mojado. Hay colapsos de pago, como cuando te quedas atrapado en un taxi o en la cola del peaje, y colapsos gratis total, de esos gloriosos, improvisados, que se dan mucho en la ronda de Outeiro, donde el aborigen cultiva la doble y hasta la triple fila.

De poder elegir, uno se quedaría a vivir en un embotellamiento literario, el de Autopista del sur, de Cortázar, o el del Robinsón que naufragó en una isleta en El hombre que compró un automóvil, de Wenceslao. Pero los atascos que añoramos de verdad, los que nos harían de nuevo pitar felices como cuando éramos ricos y apenas nos enteramos, son aquellos colapsos apoteósicos de cuando el Dépor jugaba en Europa y la cola para aparcar en Riazor llegaba hasta el mirador de los Castros. Entonces, Glory Days, hasta los bocinazos sonaban a la música de la Champions.