El legado de Santa Bárbara


El fenómeno viral del momento, el legado del Tibu, esas autograbaciones en las que los protagonistas se mojan en agua fría para no tener que pagar una mariscada a los que les han nominado, tiene su particular versión en el futuro de la fábrica de armas. El proceso de licitación para conseguir la adjudicación de la explotación de la emblemática factoría coruñesa sigue quemando etapas, con vistas a una posible resolución a la vuelta de las vacaciones estivales.

Esta semana ha salido a la palestra el grupo comandado por el Instituto de Finanzas. Su responsable, David Carro, hizo primero una visita a la factoría para repetir los mensajes ya sabidos: que necesitan el apoyo institucional (hablaba de 1,8 millones de euros que tendría que poner la Xunta) y que garantiza la paz social mediante la incorporación inmediata de dos miembros del comité de empresa de la extinta General Dynamics.

De los planes de futuro de la factoría, algunas generalidades: que harán mobiliario urbano, casas prefabricadas y alguna otra línea de producción que poco tiene que ver con la historia de Santa Bárbara.

Trabajadores y accionistas. Para conseguir financiación, el gran talón de Aquiles de este proyecto, IFFE se descuelga con una idea original y positiva, que los trabajadores que han recibido indemnizaciones cuantiosas se conviertan en accionistas de la futura compañía. El concepto no es malo, pero faltan por comprobar las garantías de esos planes de apoyo público en una situación en la que el Igape apenas maneja fondos y los bancos son reacios a aceptar sus avales. Y también habrá que ver la actitud que adopta el Ayuntamiento, inicialmente muy favorable a este grupo de inversores. Quizá sería un buen momento para fusionar a los dos aspirantes y garantizar el futuro más sólido posible para Santa Bárbara.

La Seoane, al margen. Otro legado sobre el que se admiten pocas discusiones es el de la Fundación Luis Seoane. Este viernes, se conoció el fallo en primera instancia que da la razón a Silvia Longueira sobre su despido de la entidad que rinde homenaje al genial intelectual gallego. Sin entrar a valorar los contundentes argumentos del fallo, Longueira tiene todo el derecho al resarcimiento moral y económico de los daños causados, pero también tiene un motivo para la reflexión: la totalidad del patronato, incluidos los técnicos ajenos a los designios políticos, expresaron su rechazo a que continuara al frente de la Fundación. Y parece poco razonable aferrarse a un puesto en el que no te quieren. La bicefalia con el actual titular, David Barro, no sería tal. En su contrato figura claramente que sería el máximo responsable de la programación de la institución. Y su mano ya se ha empezado a notar en la programación, con la exposición de Julião Sarmento, o en la apertura de la entidad al resto de colectivos de la ciudad. Más allá del resultado del recurso, la Fundación ha emprendido un nuevo rumbo y es justo indemnizar a la anterior directora, pero también parece poco razonable forzar una convivencia que en poco ayudaría a divulgar el legado de Luis Seoane y Maruja Fernández y a convertir la Fundación en un faro de la actividad cultural de la ciudad. Silvia Longueira, que esta semana hizo honor al legado del Tibu con un sonoro -aunque no tanto como el de su compañera Yoya Neira- vídeo, debe elegir entre completar su particular revancha o el futuro de la fundación.

El Bloque y sus problemas con la historia

La Ley de la Memoria Histórica surgió con un grave defecto: el rechazo del PP y la generalización de un conflicto en el que hubo un momento en el que parecía que todo valía para ajustar cuentas con el pasado. El Gobierno central encargó a los ayuntamientos ejecutar los cambios en los callejeros para cumplir con el legado del abuelo de Zapatero, cuyo recuerdo inspiró la acción del presidente socialista, como él mismo reconoció en varias ocasiones. En A Coruña, se nombró una comisión en la que PSOE y BNG, ambos en coalición, tenían el control. Se identificaron dos docenas de calles, se eligieron nombres alternativos y se puso en marcha una maquinaria que nunca llegó a funcionar. El cambio de hombre del hospital Juan Canalejo y la retirada de honores y distinciones a Franco en un pleno fueron algunos de los logros. Periódicamente, el BNG, o EU, resucita el tema. Y, a veces, fruto de ese celo, o del desconocimiento, confunden los términos. El último ejemplo fue en una pregunta escrita firmada por María Xosé Bravo que el gobierno local respondió el pasado viernes. Los nacionalistas, que cogobernaron la ciudad hasta junio del 2011, pedían la retirada de la calle a Primo de Rivera, presidente del gobierno con Alfonso XIII y muerto antes del golpe de estado franquista. No todo vale para lograr un titular de prensa.

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