Todo preparado para el derribo de la casa de Manuel Ramallo

Javier Becerra
Javier Becerra A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Fernando Piñeiro, yerno de Ramallo, ultimando la mudanza de la casa ayer por la mañana.
Fernando Piñeiro, yerno de Ramallo, ultimando la mudanza de la casa ayer por la mañana. paco Rodríguez< / span>

Hoy vence el plazo para el abandono del vecino del parque ofimático de 86 años

31 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Ya no hay prácticamente nada dentro de la casa de Manuel Ramallo. El vecino de 86 años del parque ofimático, que hoy tenía que abandonar su vivienda, no ha querido prolongar más el pulso que mantenía con el Ayuntamiento. El sábado se fue al piso de su hija. Mientras, su yerno y un grupo de amigos se encargaban de hacer la mudanza. Ayer por la mañana apenas quedaba un mueble por retirar del salón y algunas sillas.

El Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 4 de A Coruña ordenaba el abandono. Lo hizo por segunda vez, tras un error en la identificación de la finca en el primer intento. «Y escamoteándonos el derecho a recurrir que sí nos daban la primera vez», se quejaba Fernando Piñeiro, el yerno que no podía ocultar su tristeza. «Mi suegro levantó esta casa con sus manos y ver ahora cómo se la tiran le da muchísima pena. Él no se quería ir de aquí por nada del mundo», aseguraba.

«Ya estaba el hombre muy malo y no quería lío», argumentaba. Aunque durante la semana insistía en que iban a resistir hasta el final, el viernes llegó el momento de afrontar el problema. Y evitar así un sufrimiento mayor: «Le dije a mi suegro: "Manolo, nosotros no nos vamos a enfrentar a la ley ahora, nosotros queremos que se cumpla la ley. Aunque la ley nos haya vilipendiado"».

Desde los años sesenta

Situada el margen izquierdo de la avenida Alfonso Molina en dirección salida, justo al lado de la pasarela que la cruza a la altura del Campus de Elviña, la casa de Ramallo es una pequeña vivienda de 80 metros cuadrados. La construyó en los años sesenta. Desde entonces vivía en ella. «Él trabajaba en la Leyma y aquí tenía un pequeño chabolo -recordaba su yerno-. Por las tardes venía con la mujer y, entre bocadillo y bocadillo, ponía una fila de ladrillos. Todo esto que ves lo hicieron ellos solos».

Otros vecinos, que fueron ayudar a Piñeiro, secundaban su relato. Flotaba en el ambiente la melancólica sensación del fin de esa ciudad de A Coruña que se tornaba aldea a medida que se salía del casco urbano. Desde su puerta se puede ver una fotografía precisa del desarrollo: la avenida Alfonso Molina atestada de coches, el barrio de Matogrande con sus imponentes edificios, el centro comercial Carrefour y otras notas que definen el actual paisaje de la entrada de la ciudad. «Esto cambió muchísimo desde los años ochenta hacia esta parte», comentaba uno de los vecinos.

Concentración de protesta

Piñeiro advertía que hoy su suegro quiere ver cómo cae su casa. «Estaremos aquí protestando de manera pacífica -advierte-. Pedimos un realojo gratuito, pero que lo pague la promotora del ofimático, no el Ayuntamiento». Aún quedan 13 familias más por abandonar el ofimático.