Han estado dos años y medio difamando a la oposición y hoy se les ha vuelto en contra». La frase del socialista José Nogueira, tocada por un cierto aroma a venganza, sirve para resumir en parte la situación actual. El PP pasó los dos primeros años del mandato haciendo frente a «la herencia recibida». La mala, se entiende, que era abundante en pleitos urbanísticos como Someso, Conde de Fenosa, plaza Náutica... Pero además de intentar solventarla, los populares la utilizaron contra sus rivales, a los que azotaron sin piedad durante meses con la operación Dedazo y el caso Relámpago, en los que la fiscalía no vio delito.
Aquellos maravillosos años ya nunca volverán. Es muy difícil exigir pulcritud absoluta a los demás mientras una jueza investiga irregularidades graves y se filtran conversaciones en las que, por lo menos, existe «mala praxis», según reconoció la propia concejala de Cultura.
Pero además de haber perdido su estrategia, al gobierno le empieza a fallar la parte táctica. Ayer decidió tumbar sin más la moción de EU para prohibir los regalos a miembros de la corporación. Podría haber intentado negociarla, enmendarla o rechazarla y presentar una propia con un texto más concreto. Pero no lo hizo, evitó el debate y punto.
El problema es que solo quince minutos más tarde el gobierno reprochaba a varios cargos socialistas y nacionalistas haber recibido obsequios de Vendex. Unos regalos que también se enviaron a cargos del PP como Carlos Negreira, Julio Flores o Miguel Lorenzo, que aceptó haberlos recibido cuando estaban en la oposición. Así, la postura del gobierno sobre los regalos es como mínimo confusa. Los presentes son reprochables, pero no hace falta prohibirlos o regularlos; son criticables en el pleno, pero solo cuando se hicieron a miembros de otros partidos... Así, no resulta demasiado extraño que ante semejante jeroglífico la comidilla al final de la sesión fuese «será que los quieren todos para ellos».