¿Por amor?

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

A CORUÑA

El amor le nubló la razón. Escuchó las palpitaciones mitocondriales en lugar de hacer caso a los impulsos eléctricos de sus neuronas. No seamos cínicos. Es un trance frecuente. Quien no ha enmudecido, enloquecido y hasta enflaquecido por amor se ha perdido uno de los lances más excitantes de la existencia. Una tregua de pasión en medio de los temporales de la rutina aporta el combustible preciso para seguir con la pelea. Así que, por favor, creamos a Cristina. No hay más que recuperar sus primeras imágenes juntos. Y hasta las de la suegra, la reina, en aquella presentación pública del mozo, exhibido entonces como un supergachó vasco y recio llamado a sofisticar el estofado genético de los Borbones. Parió de hecho Cristina un escuadrón de criaturas rubias y durante unos años fueron el eslabón chic de la familia, con palacete en Pedralbes y la evidente vocación de destilar clase. Eso parecía, porque el trastero vital de los Urdangarin Borbón almacenaba cochambre. Todo el estilo de aquel zagal de fábula fue engullido por el duque empalmado; sus sospechosos trapicheos contables le hicieron un roto a la monarquía que puede ser letal para la única Corona restaurada en Europa en el siglo XX, y sus comunicaciones digitales perfilan a un sátiro amigo de las bromas zafias y de las señoras que cabalgan bicicletas en bolas. Por todo ello, la teoría del amor se vuelve endeble. Si el pegamento de la relación era de naturaleza amorosa, la infanta ha acumulado indicios que constatan una traición a sus afectos y, lo que es más relevante, una perrería a la imagen pública de la jefatura del Estado. El amor no debe resistir cualquier prueba. Si lo hace, se llama de otra forma.