Esta semana se cumplieron 15 años desde que hizo su primera exposición en un bareto del Orzán. «Lo vendí todo. Las 25.000 pesetas que gané las invertí en más material. Pero no lo recomiendo. Ahora pienso que, salvo poquísimas excepciones, los bares son para tomar cañas o cafés, no para exponer», recuerda con su estilo directo Héctor Francesch. Tiene 36 años y dos hijas. La mayor, de 4, ya va al colegio, y la pequeña tan solo tiene 20 meses. Habla con pasión de padre de las niñas y no se le pasa por la cabeza ir a por el niño. Intenta cuidarse. El martes, cuando charlamos en un café de la plaza de Lugo, llevaba 13 días sin fumar. Madruga dos o tres días a la semana para ir a correr y algunas tardes acude a clase de esgrima en el palacio de los Deportes. «Vi un cartel que lo anunciaba y me apunté. Llevo diez meses practicando y soy un paquete, pero estoy muy contento con los profesores y los compañeros. Pronto iré a algún torneo de veteranos, para que me den una paliza», comenta sonriente uno de los pocos coruñeses que pueden presumir de vivir del arte.
Artista autodidacta
Practicar deporte, estar con la familia y alguna escapada con los amigos es lo que hace cuando no está metido en su estudio de 180 metros cuadrados de San Roque de Afuera. «Tengo un horario europeo. Voy temprano, como pronto, y por la tarde, salgo sobre la seis. Dedico unas siete horas al trabajo. Vivo y sobrevivo del arte. En la época de las vacas gordas era difícil y, ahora, más difícil», analiza Héctor, que se dedica a la pintura, a la serigrafía y hasta al diseño gráfico de webs. «Digamos que soy fabricante de imágenes a las que intento darles contenido, que comuniquen, que tengan mensaje. Estoy haciendo muchas cosas (prepara un enorme mural para un centro comercial de Tenerife) pero todo tiene que ver con lo mío. Soy esclavo de mí mismo, pero no de nadie», reflexiona esta autodidacta que en 2.º de BUP prefería dibujar a las matemáticas. «Soy de la escuela del error. Aprendí a base de golpes», reconoce.
Nuevo proyectos
Le gustan los principios y no los finales. «El viernes por la tarde, que empieza el fin de semana, o los lunes por la mañana, que arranca una semana». No le gusta cocinar, pero sí criticar lo que cocinan otros. «Soy un toca...» Se siente afortunado por su profesión y reconoce que «me paso más tiempo pensando que trabajando». Dicen de él que es una de las firmes realidades del arte. «Tengo ciertos fans, pero me falta todo por hacer y espero seguir pensando lo mismo dentro de 40 años. El dinero viene y va. Es más importante estar contento con lo que haces», asegura.
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