La visita a los cementerios tenía su tradicional parte gastronómica
03 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Casi desaparecieron. Desde hace décadas ya no se ve a niños y niñas llevándolos colgados de su cuello. Eran los rosarios de zonchos, collares formados por castañas cocidas con monda y ensartadas con un hilo. Fueron una de las tradiciones típicas de los días de Santos y Difuntos. Año tras año, en estas fechas los coruñeses repetían las mismas costumbres inmemoriales; algunas permanecen, otras no. Los periódicos antiguos nos permiten conocerlas, ya que era crónica obligada relatar lo acontecido en la visita a los cementerios.
En los años iniciales de la década de 1900, el día 1 de noviembre, sobre todo por la tarde, una enorme multitud de gentes se dirigía a visitar las tumbas de sus familiares en el cementerio de San Amaro. Cerca de las puertas les esperaban numerosas vendedoras que pregonaban, a voz en grito, los productos que vendían: «¡Agua de limón fría!»; «¡churros calientes!»; «¡castañas cocidas!»... Muchos se detenían a comprarlos para consumirlos durante la visita. También había numerosos mendigos que los asediaban pidiendo limosna. En la pequeña capilla del cementerio los sacerdotes no paraban de rezar responsos por los difuntos de aquellos que depositaban unas monedas en el cepillo.
La aglomeración se acentuaba en la puerta principal y los guardias municipales se veían impotentes para impedir los gritos y apretujones. Una vez dentro cada uno iba primero a visitar las sepulturas de sus allegados, adornadas con lazos de tela, crisantemos, siemprevivas y velas encendidas.
Cumplida la obligación, las gentes recorrían el cementerio. Visitaban la Cruz de los Olvidados, contemplando la corona de flores que a ellos dedicaba el Ayuntamiento.
Pasaban por los panteones de los ricos y en aquellos que tenían capilla abierta hacían cola para entrar. Se acercaban a la zona en la que estaban enterrados los obreros muertos en las protestas de mayo de 1901, parándose unos instantes en señal de respeto. Muchos también visitaban el cementerio de disidentes donde estaban las tumbas de algunos de los republicanos, librepensadores y anarquistas coruñeses. Después regresaban en grupos a sus casas, llenando de animación calles, cafés y tabernas.
Al día siguiente, desde muy temprano todas las iglesias de la ciudad doblaban a muerto, recordando a quién está dedicada la festividad del día. Numerosas personas acudían a ellas para cumplir con la costumbre de oír las tres misas que los sacerdotes celebraban en sufragio por las almas de los difuntos.
Tabernas llenas y baile
Con tal excusa, las tabernas se llenaban desde el amanecer, haciendo los parroquianos gran consumo de anís para acompañar a las castañas. Muchas personas acudían de nuevo a visitar el cementerio y en la rotonda de la torre de Hércules se celebraban bailes.
En esos días, por todas partes había niños comiendo las cuentas de sus rosarios de zonchos. Las familias que podían compraban buñuelos de viento y huesos de santos en las confiterías La Gran Antilla o Casa Pelletier y por la noche iban al teatro a ver el Don Juan Tenorio.
«En los panteones de los ricos que tenían capilla hacían cola para poder entrar»