Los realojados de Penamoa anuncian que no dejarán los pisos «nunca»
12 abr 2012 . Actualizado a las 07:15 h.Los realojados de Penamoa han vuelto a las portadas. Sin previo aviso. Habían dejado de ser noticia cuando el Ayuntamiento y la Xunta los fue colocando de uno en uno en pisos alquilados. Les pagaban la mitad de la renta y ellos debían afrontar el resto. Pero era mucho afrontar, según cuentan. Juan abre la palma de la mano y escribe con el dedo sobre ella sus movimientos bancarios: «Como se me acabó la ayuda, el alquiler me subió a 400 euros. Antes pagaba la mitad. A eso súmale agua, luz, basura y comunidad. Otros 200. Mis ingresos mensuales con la chatarra son de unos 600 euros. ¿Me quiere decir qué les doy de comer a mis hijos?». Por eso le dio una patada a la puerta del edificio que la constructora Proinsa dejó a medio terminar hace dos años en A Moura, cuando la crisis se cebó con el mercado inmobiliario.
A Juan, como al resto, le llegó el soplo la semana pasada. «Nos dijeron que había un edificio con okupas y que había sitio para nosotros», afirma José, que a sus 65 años está encantado con el calor que el parqué les proporciona a sus pies.
Fueron llegando al edificio desde el pasado jueves. La primera fue la célebre Tomates, una mujer de avanzada edad y con amplio historial delictivo. Solo era la primera. Y dado lo angosto del hueco por el que debía acceder, los jóvenes okupas que llevan en el inmueble desde hace siete meses le ayudaron con la mudanza. A la Tomates le siguió el resto. Hoy calculan que son más de 50 las familias originarias de Penamoa que le han dado una patada a la puerta.
Ahí no hubo un sorteo de pisos. Ni discusiones. El reparto era por orden de llegada. María siempre quiso vivir en un piso alto y cogió un apartamento en el quinto. Manolo, atrapado por el reuma, no está para subir escaleras, por lo que se quedó en un piso de 90 metros cuadrados en el bajo.
Patada en la puerta
La entrada en el piso es sencilla. Patada que te crio. Algunos viven con la puerta abierta porque, según presumen, «a ver quién viene a robar aquí». Otros han puesto una cerradura nueva. Poco a poco están llenando los pisos con sus enseres. Por el momento, colchones. Estos días llegará el resto. Para que no haya confusiones y Pedro se meta en el piso de Manuela, el que se hace con uno escribe a bolígrafo su nombre en la puerta del apartamento. Nada más que eso. Pero ni una pista de los apellidos, de por qué, o de hasta cuándo.
Juan estrena piso pero ve el futuro muy negro. Dice estar desesperado. Tiene cinco hijos, su mujer encinta y está en el paro. Nació en Penamoa, donde se crio y se casó. Como era «bueno», no tenía las manos manchadas de droga y tenía un contrato de trabajo, el Ayuntamiento lo incluyó, como a otras doscientas familias, en el Plan de Realojo. Gracias a eso cambió la chabola por un piso en Monte Alto. Debe seis meses de renta y dice que no le quedó otra que meterse a okupa.
Hablar con Juan es como hablar con todos. Cuentan situaciones parecidas o peores. Y advierten de lo mismo, que ahí se quedan, «vivos o muertos». Algunos de ellos, los más optimistas, soñaban ya con que las autoridades les dejen para siempre las viviendas. «Pero para eso hay que ser fuertes y no achantarnos», claman. ¿Y qué pasará con los que compraron? «Que vengan cuando quieran. Quedan pisos para ellos».