Las prisas no son buenas consejeras y menos si se trata de trazar una ruta sólida para que el PSOE salga del pozo en el que cayó el 20-N. Tienen cuatro millones de razones -los votos perdidos en solo cuatro años- para tomarse con la suficiente profundidad y calma el proceso para recuperar la confianza perdida.
Con profundidad. Evitando el recurso fácil de atribuir a la crisis la responsabilidad de la caída, como se escuchó en el comité federal del fin de semana pasado. Es evidente que la crisis está derribando Gobiernos en Europa, pero dejar ahí el análisis sería ceder a la tentación de cerrar la herida en falso. Cualquier ciudadano respondería a bote pronto a la pregunta sobre otras causas del desastre electoral. Hablaría de bandazos, medidas populistas retiradas atropelladamente o de sensación de falta de peso en Bruselas.
Y con calma. Plantearse como gran objetivo no perder Andalucía en marzo es un objetivo válido para José Antonio Griñán, y por eso resulta comprensible que pida un liderazgo no solo firme, sino también inmediato. Pero solo es admisible en quien está a punto de enfrentarse a las urnas. No en los que tendrán que buscar alternativas de futuro para el partido que más años ha gobernado desde la aprobación de la Constitución del 78.
Buscar una solución rápida sería el peor error. Si los participantes en el congreso de febrero en Sevilla piensan en clave ciudadana y no en clave orgánica no tendrán prisa en analizar a fondo las razones por las que han caído al pozo ni en seleccionar con cuidado las cuerdas más sólidas para salir de él. Puede que tarden más, pero evitarán el riesgo de que se rompan antes de llegar a la superficie.