El autor del «Rock del Dépor» repasa su trayectoria artística y vital
17 oct 2011 . Actualizado a las 12:05 h.Es un histórico del rock coruñés, aunque sus orígenes musicales haya que buscarlos en un Madrid en el que, con 14 años, Francisco Gómez Seijo, más conocido como Gandy, seguía la estela de roqueros de la capital como Burning tocando en la calle. La vida le trajo hasta A Coruña, ciudad de la que se enamoró y en la que decidió quedarse coleccionando amigos, aunque no perdone su visita anual al foro «para ver a los de siempre y tocar un rato». Con 50 años, el autor del Rock del Deportivo -«aquí siempre seré el de la canción del Dépor, y yo encantado», asegura- se mantiene alejado de los escenarios en la medida de lo posible -todavía pica con La Banda del Camión-, y se dedica a facilitar que otros artistas toquen en la ciudad mientras ejerce de padre ejemplar.
-Antes que nada: ¿De dónde viene lo de «Gandy»?
-De Gandingas. En Madrid, donde me crie, te ponían un mote antes de que pisaras el suelo. Como era un graciosete y me sabía muchos chistes me quedó lo de Gandingas. Y menos mal, que así me libré de Culotrapo o alguno peor, que los había. Pero nada que ver con Gandhi, tengo mucho más pelo.
-¿Cómo llega este madrileño hasta A Coruña?
-Como correctivo. En Madrid solo me dedicaba a la guitarra, así que me mandaron aquí con mi abuela, pero de nada sirvió. Seguí componiendo y regresé a Madrid. Aunque terminé volviendo y montando la Casa de las Tortillas y también Cacahüé.
-Recordando aquella época da la impresión de que en A Coruña se cocía algo importante.
-Es que así era, había grupos, había locales dispuestos a tener música en directo... Aunque no se hiciese del modo correcto. Era todo un poco caótico.
-«Rock Marino» ayudó en cierto modo a poner orden. ¿Qué fue de aquella iniciativa?
-Es cierto que puso cordura y enseñó a hacer conciertos en tiempo y forma, de modo que se evitaban las quejas de los vecinos y las esperas para ver a un artista. Fue una historia bonita que sirvió a muchos grupos locales para darse a conocer. Ojalá algún día se retome.
-En aquellos días falleció Tato, el bajista de Cacahüé.
-Aquello fue muy traumático. Teníamos la sensación de que se había acabado todo. De hecho, cerré la tortillería y me volví a Madrid, donde formé GandYMalacara con grandes músicos. Pero regresé, porque no triunfó. Le gustábamos a todos menos a los que les teníamos que gustar. Y ahí es donde tuve a mi primera hija y me dije: hasta aquí hemos llegado. Me quité los pendientes, me corté el pelo... Hasta que me invitaron a tocar en un camión unos años después (risas).
-¿No le ha quedado la espina de haberlo intentado de nuevo?
-A veces me lo planteo, pero realmente quería formar una familia y aquello conllevaba mucha noche, mucha desesperación al ver que no sale. Si lo llevas dentro, la música incluso puede doler. Ahora, el gusanillo lo mato con la Banda del Camión, que es más una reunión de amigos que otra cosa, aunque seguimos ensayando cada jueves. Pero es que todos venimos de la música y es nuestro modo de quedar. No sabemos hacer otra cosa.