Vuelve a flotar sobre nuestras cabezas de sufridos consumidores la amenaza de una subida en el recibo de la luz. Por si fueran pocos los quebraderos de cabeza que nos proporciona ese continuo y desasosegante ambiente de crisis, ahora nos dicen que las eléctricas podrían aplicarnos la tercera subida del año, que hasta ahora el recibo solo ha aumentado un 9,5 % en enero y otro 1,5 % en julio.
Puede que ahora se frene, pero en un momento u otro llegará. Porque lo que pende sobre nuestras cabezas no es la conocida espada de Damocles, sino el cañón de grueso calibre del llamado déficit tarifario, que suma ya 22.000 millones de euros.
Un cañón que llegaría al tamaño de los de Navarone si le sumamos el precio de la gasolina o de los otros productos energéticos que tenemos inexorablemente que comprar. Y que no sabemos cuándo ni hacia dónde puede disparar, porque en un alto porcentaje tenemos que importarlos.
Ni amenazas tan gruesas han logrado hasta ahora que los principales partidos hayan puesto sobre la mesa de forma concreta sus propuestas para el futuro. Sobre cuáles serán las principales fuentes de energía a utilizar. Sobre la peliaguda cuestión de si será posible sobrevivir a medio plazo sin recurrir a la nuclear -y cualquier decisión en este ámbito tarda años en dar fruto-, y sobre la concreción real de esa apuesta por las energías renovables que siempre aparece en los discursos. Hay que detallar cuáles y de qué forma. Hace falta algo más que eufemísticas menciones a un mix energético equilibrado. Urge que se mojen de una vez para que el ciudadano sepa a qué atenerse.