La maldad como pieza de museo

Javier Becerra
javier becerra A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Traspasar la línea de la moral. Decir sí a la parte más oscura. Entregarse al amor a uno mismo por encima de todo. Chicago, el musical, lleva todo eso al escenario. Lo convierte en historia, lo encuadra en los locos años veinte y lo hace bailar. ¿El resultado? Cerca de mil personas por función fascinadas por esa pícara celebración del mal. Sí, todo un carrusel de ambición, cuernos, asesinatos, egoísmo y corrupción para el gozo de un espectador.

Basado en el filme homómino, Chicago invoca las peripecias de Velma Kelly y Roxie Hart, dos bailarinas sin más freno que el éxito. Con una puesta en escena sobria y que demanda complicidad (el espectador será el que imagine las cárceles, ruedas de prensa o bailes en el teatro), la función se desarrolla ágil, seductora y con más de una sorpresa. Guiada siempre por una orquesta excepcional, que no solo le da un envoltorio de swing y jazz, sino que ejerce de paleta de efectos especiales, la palma se la lleva la pareja principal encarnada por Marta Ribera y María Blanco. Ellas dos son las que mantienen el pulso de una representación que juega con la seducción de la oscuridad, pero sorprende cuando se llena de luz y de color, como por ejemplo en el número de los abanicos de plumas de gran belleza visual. Y todo de un modo atrayente tal, que al final la platea encantada dibuja una enorme sonrisa colectiva. De aprobación y de satisfacción.

crítica musical «chicago»