19 jul 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

En esta sociedad que acostumbra a elevar a los altares a los ases de la vulgaridad, hay héroes anónimos que te devuelven la fe en el prójimo. Si estás atento, los puedes descubrir no muy lejos de tu vida cotidiana, pues, aunque su personalidad deslumbre, lo suyo es pasar desapercibidos. Yo conocí a Fran Otero hace veinte años, cuando la enfermedad ni se intuía ni era una remota posibilidad que pudiera ensombrecer su rostro luminoso. Fran era un joven que irradiaba vitalidad y simpatía, una de esas personas que, sin proponérselo, crean un entorno positivo que cautiva a quienes le rodean. Cinco años más tarde, la vida le puso ante una de las pruebas más crueles a las que una persona puede enfrentarse: asistir, desde la plenitud de sus facultades mentales, a la acelerada degeneración del propio organismo, día a día, segundo a segundo, hasta la muerte. Le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), siglas cuyo terrible significado nos había enseñado en primera persona Stephen Hawking. La enfermedad paralizó el cuerpo de Fran, músculo a músculo, le negó la capacidad de respirar y de alimentarse por sus propios medios, la de comunicarse salvo por el movimiento de sus ojos, con el que maneja un ordenador. Desde la parálisis, mantiene su optimismo, sus ganas de luchar por la vida, de seguir ganando tiempo a la muerte -la esperanza no suele superar los cinco años-, de alcanzar nuevos retos de vida junto a su esposa y su hija, de concienciar a la sociedad sobre esta enfermedad. Los gallegos conocieron a Fran a través de La Voz y el sábado, en Radio Voz, pudieron sentir el calor de su pasión por vivir. Yo solo le digo ahora lo que no pude en la radio: gracias.