Así creció la Acampada Coruña

Javier Becerra
Javier becerra A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Empezaron un grupo de 14 personas y el miércoles se llegaron a juntar más de 2.000

27 may 2011 . Actualizado a las 12:30 h.

«Necesitamos que venga gente como usted aquí». Se lo decía uno de los jóvenes acampados en el Obelisco a una mujer de unos 50 años. Ella había irrumpido en la charla de economía humanista que, a pleno sol, dirigía Alfredo Macías, el profesor de la USC, en la calle el pasado lunes. En medio de un debate sobre batallar desde dentro o fuera del sistema, ella reclamaba su derecho a permanecer dentro y tener propiedades. Él lo veía de un modo distinto, pero que, al final, tenía un punto de encuentro.

«Las cosas cuando se logran con trabajo y decencia son justas», dijo ella levantando el dedo como una madre que se dirige a su hijo. Él asintió y le dio las gracias públicamente por el matiz. «Eso es, señora, decencia, me ha leído el pensamiento», añadió el chico. «Usted es necesaria aquí, porque puede convencer a más gente. Yo, ya se sabe, tengo el pelo largo, barba... soy un perroflauta -se rió-. A usted mi abuela le haría caso. Venga a la asamblea, por favor».

Era el séptimo día de acampada, el que muchas previsiones situaban como el principio del fin de todo el movimiento 15-M. Los resultados electorales supuestamente desinflarían todo el torrente de indignación amasado en los días anteriores. Pero ese diálogo intergeneracional explicaba mejor que nadie por qué el impulso del movimiento 15-M seguía vivo en A Coruña. Y también por qué había llegado hasta ahí con tanta fuerza, juntando a personas que nunca hubieran hablado de tú a tú de cosas como esas, que nunca se hubieran reunido para escupir la indignación que mascaban en solitario durante años.

Todo empezó el lunes 16. Catorce personas decidieron, a imitación de lo que estaba ocurriendo en la plaza del Sol de Madrid, echarse a la calle para hacer visible su frustración. Unos carteles en Din-A4 impresos por ordenador, mantas y varios sacos de dormir eran el equipaje para su objetivo: pasar la noche en el punto más céntrico de la ciudad y hacerse lo suficientemente visibles para que más se unieran a la causa.

Al día siguiente, martes 17, convocaron una asamblea a las ocho de la tarde. Con un megáfono casi de juguete, uno de los acampados se dirigía a la gente, un grupo de ochenta personas llegados a través de sus grandes correas de transmisión: Twitter y Facebook. Volvieron a quedarse a dormir y a convocar una nueva asamblea para el miércoles 18. Acudieron 300 personas. Con una simple mirada, quedaba claro que se había traspasado la barrera de los habituales en las manifestaciones sociales y juveniles. Allí había gente de todas las edades, con ganas de hablar y desahogar, de opinar y apoyar, de dar calor a todos los que había tomado la calle. «Lo bueno es que la gente se está animando y los mayores nos apoyan», comentaba ese día Victoria, de 50 años.

Despertaron simpatías. La ONCE les dejaba cargar los móviles. El párking subterráneo, usar el baño. Y decenas de personas les donaban comida, mantas, lonas, medicamentos y todo tipo de material. Se empezó a levantar el campamento y la euforia se desató cuando el jueves 19 se reunieron más de 500 personas. Al día siguiente La Voz los llevaba a la portada: «La protesta del Obelisco suma apoyos». Arriba, la otra noticia del día: «La Junta Electoral Central prohíbe manifestarse en la jornada de reflexión».

Resistencia

La decisión de la Junta Electoral volvió a sembrar la incertidumbre sobre el destino del campamento que iba tomando formas de miniciudad. Incluso, en la fachada del edificio de Banco de Santander colocaron un cartel que rebautizaba el lugar como «Praza do 15 de maio».

La tarde del viernes 20 el número del día anterior se multiplicó por dos: 1.000 personas. Y por la noche, justo cuando entraba en vigor la prohibición, 400 se juntaron para escenificar una protesta harto singular: ponerse un trozo de celo o esparadrapo en la boca durante unos segundos para realizar lo que denominaron un grito mundo. Retiradas todas las referencias a las elecciones dedicaron el día del sábado a actividades lúdicas. Así, no interferían en ninguna reflexión. Tampoco lo hicieron el domingo.

El lunes 23 la Acampada Coruña ya estaba compartimentada en comisiones y perfectamente estructurada. A su asamblea acudieron 300 personas. Las mismas, más o menos, que el martes 24, en la que se anunció una nueva acción: tender una cadena humana entre el Obelisco y María Pita. El resultado desbordó todas las previsiones y más de 2.000 personas secundaron la convocatoria. Ayer a las ocho se congratulaban por el éxito delante de unas 350 personas. «Tenemos ya la suficiente masa crítica para cambiar las cosas», decían. Prometieron volver mañana y superarlo. La indignación continúa.

«La gente se está animando y los mayores ahora nos apoyan»

Daniel Pedrosa