Media hora antes de subir a escena Brighton 64, el Deportivo se había convertido equipo de segunda división. El estado de ánimo de la ciudad estaba literalmente por los suelos. Muchos de los que tenían previsto coronar la noche del triunfo en Le Club causaron baja. Por ello, el previsible lleno no se consumó. Y peor: la previsible excitación de su público -la que se podía ver en vídeos de YouTube de su concierto de Madrid- tardó lo suyo en aparecer.
Ricky Gil, el cantante del grupo catalán, lo sabía. «Vaya día que elegimos para venir aquí», decía con media sonrisa al terminar el concierto. «Pero, bueno, al final la gente se entonó y la segunda mitad del concierto estuvo muy bien», concluía. Tenía razón. Más o menos todo empezó a funcionar con Bola y cadena, un r&b afilado que daba carpetazo a la suavidad inicial. Antes había abierto La calle 46, La próxima vez o Fotos del Ayer, en un ambiente tirando a gélido. En el público pesaba más lo que había pasado en Riazor que lo que estaba ocurriendo en Le Club.
Sin embargo, poco a poco, la banda calentó la sala, en gran parte gracia al teclista Jordi Fontich, incansable en su labor de animador de la juerga. Porque sí, la hubo. El mejor cocktáil con sus invocaciones a Sam Cooke o esa Mi ciudad, dedicada a los seguidores del Dépor («!Para el año que viene estaréis en primera!», dijo Ricky), lo pusieron todo a punto para que los grandes emblemas de Brighton 64 hicieran el resto. Mención especial merece en ese aspecto Barcelona blues, todo un himno de la primera época, y, por supuesto a La casa de la bomba, la canción más conocida de la banda que contó con una versión extendida que puso la sala patas arriba.
Ariadna Gil y Jorge Sanz
Entre el público se encontraban algunas caras conocidas del mundo del cine y el teatro. Ariadna Gil, hermana de Ricky Gil, actuaba el mismo día en la ciudad con la obra Un tranvía llamado deseo. Por su parte, Jorge Sanz y Pablo Puyol estaban con la representación de Crimen perfecto. Los tres acudieron al concierto y su presencia despertó cierta expectación entre los asistentes.
Crítica musical Brighton 64