Kurabiedes (Grecia). Medenci (Bulgaria). Son dos de las etiquetas que lucen los dulces de la pastelería que el centro Reto tiene en el bajo del número 65 de la calle Orillamar. Detrás del mostrador están dos chicas de Eslovenia, que hablan un más que correcto español y de nombres casi idénticos: Jana y Jasna (en la pronunciación castellana la primera letra se transforma en elle). Sobre el idioma, «aprendes rápido, no te queda otra», apuntan, riendo. Llevan entre cinco y seis años y medio en la ciudad, adonde llegaron en su lucha para dejar sus problemas con las drogas. Insisten una y otra vez que han venido «a un centro cristiano y nuestra guía es la Biblia». De hecho, plantean toda su actividad como «un testimonio de lo que hemos experimentado» y hasta disponen de un par de sillas y una mesa baja en la entrada del local «por si alguien quiere pararse a conversar, aunque la gente viene por los pasteles». Lo confirma una clienta que entra y, tras las dudas iniciales, «no sé cuáles voy a llevarme hoy». Y es que «tenemos recetas de muchos países», indican, algo que puede verse en el escaparate de la pastelería. También han sabido captar los gustos: «A los gallegos les gustan más las galletas que la crema; el coco no les gusta», aseguran.
Estas jóvenes forman parte de un grupo de 35 mujeres, procedentes casi todas de países de Centroeuropa que tratan de dejar atrás algunos de sus problemas; «todas estamos ahí de forma voluntaria», matizan estas dos jóvenes. Luego insisten: «Somos chicas muy normales».