El PGOM y el paisaje urbano

Valentín Souto

A CORUÑA

01 feb 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

La preocupación ciudadana por la obra realizada en un edificio de la calle Marqués de Amboage podría extrapolarse a muchas otras consumadas en esta última década; entre otras, las edificaciones que rompieron la línea de cornisa de la Plaza del Padre Rubinos o de la calle Alfredo Vicenti, así como la salvaje sobredensificación del barrio de Monte Alto, que ha crecido en altura conservando la precaria estructura viaria y las deficientes infraestructuras preexistentes, incrementando hasta hacerla insufrible la ya previa insuficiencia de aparcamientos. Pero el problema principal radica en que todas ellas se han hecho al amparo del PGOM de 1998, aún vigente. Cuando se redactó, alguien decidió ser ampliamente generoso en la concesión de posibilidades edificatorias en el tejido urbano consolidado -generado por las ordenanzas de planeamientos anteriores- y renunciar al régimen de transferencias de edificabilidad instaurado por el precedente PGOM de 1985. De esta forma se regalaron importantes plusvalías a los propietarios de las edificaciones susceptibles de ser demolidas o recrecidas, y a los promotores que las materializaron. Una de las consecuencias ahora visibles de esa generosidad es la rotura de escala de barrios enteros y la renuncia a ordenar las líneas de cornisa de las manzanas, cuyos altibajos convierten a la nuestra en «la ciudad de las medianeras». Esto es más lamentable si consideramos que ya antes de 1985 se contaba con planos de alzado de buena parte de las manzanas edificadas, lo que habría permitido armonizar las alturas calle por calle, supeditándolas al conjunto urbano, en lugar de hacerlo como se hizo, atribuyéndolas de forma indiscriminada y genérica a las manzanas. Lo peor es que el proyecto de revisión del PGOM que el Ayuntamiento está tramitando continúa con la misma tónica, pues tampoco se efectúa la regulación de alturas sobre planos de alzado de manzanas, a la vista de las fachadas urbanas ya consolidadas, lo que nos conducirá a empeorar todavía más el «elogio a la medianera» en el que, parafraseando a Chillida, hemos convertido a la ciudad. Si no tenemos esto en cuenta antes de la aprobación definitiva del PGOM, probablemente tengamos que lamentarnos luego -como ahora hacemos respecto del plan de 1998- de sus nefastas consecuencias sobre nuestro paisaje urbano.