Desde A Coruña, a ver al Papa

Manuel Blanco

A CORUÑA

Sé que es un verdadero currante y un sabio. Me consta que le planta cara a los problemas. No parece presumido ni soberbio. No creo que se preocupe mucho de subir en popularidad, ya que le dan madera por todas partes y él de lo que se preocupa es de mantenerse fiel al mensaje cristiano de toda la vida. No se explica mal. Pero no iría a verle por todo eso. Voy a ir a su encuentro porque es el Papa. Personifica mi fe.

La peregrinación de Benedicto XVI a la tumba del apóstol Santiago ha hecho que reviva algunas etapas de la vida que tenía aparcadas. Lo primero que recuerdo es difuso, pero real; tan real como el agua vertida sobre mi cabeza el día del bautizo: soy cristiano. ¿Qué rayos significaba eso?? Poco después, empiezo a rememorar los dos colegios católicos en que estudié: los Carmelitas, en el barrio, y después los Maristas. Mi preparación, en la parroquia del Carmen, para la primera comunión. Luego la confirmación, en plena edad del pavo. Universidad Católica, que fue en Navarra, porque no había más cerca algo parecido? ¡Caray! Budista creo que no soy? ¡He dicho «creo»?! Vaya, cuánto tiempo sin pronunciar esta palabra.

Voy a ir a Santiago. Uso boina coruñesa, pero me gusta tener cerca los restos y la memoria de un apóstol con carácter. Quiero saludar al Papa. Su tarea no me parece fácil; yo no tendría valor. Los ideales del Jesús que representa son también los míos. Siento que debo apoyar a este hombre de Dios. Decirle con mi cercanía que le aprecio como a un padre. Eso de «creer, creo; pero Iglesia no, es un rollo» no es coherente. Al menos desde mi punto de vista.

Me han dicho los de la organización que la entrada a la plaza del Obradoiro para la eucaristía de la tarde con el Papa es libre para todas aquellas personas que deseen asistir a la cita con el Pontífice. Como no tengo paciencia ni madrugo (soy aborigen, lo siento: «Vivir na Coruña que bonito é?»), iré al tramo que une el aeropuerto de Lavacolla con Santiago-centro. Así podré verle pasar, en el papamóvil. Como haciéndole un pasillo a mi campeón preferido. Si en mi ciudad de cristal nadie es forastero, quiero que me recuerden porque supe acoger a un peregrino especial.